Me refiero a esa patología que te aparta de lo que podrías hacer y no haces. La diagnostica David J. Schwarz en “La magia de pensar en grande” y dice que es la diferencia entre una persona que se va situando y otra que mantiene su situación de partida.

La “excusitis” es peligrosa porque genera mediocridad (la enfermedad de los fracasos, la llaman) y es difícil sacudírsela cuando se apodera de ti. Schwarz dice que cuanto más exitosa es una persona menos recurre a las excusas. “Sin embargo, el sujeto que no hay ido nunca a ninguna parte y que no tiene ni siquiera un plan, dispone de un arsenal de razones para explicarlo”; por qué no pueden, por qué no hace, por qué no son… No hablo de hechos objetivos. El autor dice que Roosevelt pudo haberse excusado en que estaba en silla de ruedas, Truman en que no tenía formación universitaria y Eisenhower en que sufría ataques al corazón. Pero los tres presidentes entraron en acción. Hay cuatro modalidades de “excusitis”: de salud, de inteligencia, de edad y de suerte. Vamos a desgranarlas.

“Excusitis” de salud
La de salud, que va del “no me siento bien” crónico, al más específico “me han pasado tales o cuales cosas”, se cura evitando las conversaciones de salud: no hables de tus achaques, que aburres; no te preocupes, contrólate, no temas; siéntete agradecido por la salud que tienes; y disfruta de la vida.

“Excusitis” de inteligencia
Se sufre en silencio. Es difícil confiarle a la gente: “Carezco de cerebro”. Suena risible, pero es lo que piensan quienes están afectados por esta patología. Se soluciona, para empezar, dejando de sobreestimar el poder cerebral de los demás, y estimando un poco más el propio. La clave no es el tamaño de la inteligencia sino en cómo la vas a usar. El interés y el entusiasmo suplen cualquier falla. Actitud positiva, optimista, cooperativa. Se cura estimando la inteligencia propia, como decíamos, concentrándote en tus ventajas y manejando los deseos; también recapacitando varias veces al día en plan “mis actitudes son más poderosas que mi inteligencia”; y se cura también pensando: usando la mente para crear y desarrollar ideas hasta hallar algunas nuevas y mejores.

“Excusitis” de edad
Soy demasiado viejo. O soy demasiado joven. Si lo analizamos, sorprende el hecho de las pocas personas que están en “la edad correcta”, la edad “acertada” para hacer tal o cual cosa… Se cura midiendo los años de vida productiva, por ejemplo. Si podemos estar en plenitud hasta los 70, resulta que nos quedan… (a mí, 22 años). La edad puede ser un impulso o un murazo. Se vence la “excusitis” de edad sabiendo que lo que hay al otro lado es optimismo y sentirse joven. Hay curación: mira positivamente tu edad actual. “Soy joven”. Computa el tiempo productivo que te queda. ¡Si la vida hoy es larguísima! Invierte en lo que de verdad quieres hacer. Y no pienses con el espejo retrovisor puesto, en plan “debí haber comenzado hace años”. Mejor di eso de “Tengo mis mejores años por delante”.

“Excusitis” de suerte
Seguro que conoces a personas del tipo “yo es que tengo mala suerte”, “todo me sale mal…”. Aplícate la ley de causa y efecto: cuando pienses que alguien ha tenido buena suerte, busca hechos: es posible que aparezcan, como de súbito, una buena preparación, planificación… Los hechos dicen que, cuando la persona exitosa sufre una contrariedad, aprende de ello y le aprovecha para el futuro. ¿Y el mediocre? Cree que no hay nada que aprender. Los que hablan de la suerte le aplican un ultraoptimismo a los demás y se lo restan a sí mismos.

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