Al gasolinero de Móstoles le traiciona su cara

Víctor, gasolinero en Móstoles, es un hombre bueno, pero le traiciona su cara. Como si hubiera crecido con un rostro que no le representa. “Papá, ten cuidado con ese hombre”, dijo una tarde el hijo pequeño de un cliente, al verlo. Los dos adultos se rieron al comentarlo.

Víctor cambió Rumanía por España hace 14 años. “Y ya no voy a volver. Allí soy más extraño que aquí”, me dijo el sábado, mientras caían los 20 euros de diésel. Yo veo en él un guerrero, un tipo capaz de alcanzar lo inalcanzable. Pero él se ve como una persona corriente, quiere que el mundo lo acepte como uno más, y ya. Repara electrodomésticos. Ha reformado su casa. “¡Abre un negocio!”, le digo cada vez que acudo a repostar. Entonces sale el asunto de su cara…

“Estoy acostumbrado, me ha pasado siempre. Mi cara produce desconfianza”, dice. Creo que es el miedo al rechazo, que es el miedo más común de la gente corriente, el pavor a significarte y que el grupo no te considere uno de los suyos.

Víctor tiene dos hijos. Uno trabaja en mantenimiento. El otro estudia para electricista. Quizás un negocio de reparaciones…

—¿Cuánto necesitarías?— aprieto.
—5.000 o 6.000 euros—
—¿Los tienes?—
—Ahora mismo, no—

Entonces se acuerda de la casa y el terreno enorme que dejó en Rumanía. “Aquello está muy mal. Mi casa de allí lleva 14 años vacía”. Allí mismo dejó el coche, que estará chatarroso. Se hace un silencio.

Víctor alcanzará lo inalcanzable cuando se olvide de su cara y la primera impresión. Yo le recuerdo aquello que dijo Lincoln de que, a partir de los 40 años, uno es responsable de su cara. “Se te van a ir suavizando los rasgos, verás”. Sonríe. Más gente buena como Víctor es lo que necesitamos en nuestras ciudades, con independencia de la cara y de donde hayan nacido.

La historia es real. No muestro a Víctor en la fotografía porque él quiere ser corriente, como era de esperar…

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