¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!

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Cuentan que un anciano labrador, viudo y muy pobre, recibió un buen día un regalo inesperado: un magnífico caballo joven y salvaje, que al bajar de la montaña en busca de comida y bebida terminó en el establo del anciano. Su hijo al ver entrar al animal, puso la madera en la puerta para que no escapara. La noticia voló por la aldea y varios vecinos fueron a felicitar al anciano y al hijo. “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”, respondió. Los aludidos no entendieron la interpretación del viejo a la aparición de ese caballo que él nunca habría podido comprar. Al día siguiente, el caballo, harto de comer y beber y ágil y vigoroso como los mejores salvajes, evitó la valla de un salto y volvió a la montaña. A los comentarios de los vecinos sobre el incidente, el anciano contestó otra vez de forma inesperada: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”.
Transcurrió una semana y de improviso reapareció el caballo salvaje… ¡con una manada entre hembras y potros! Los vecinos no podían creerse la noticia. Qué generoso había sido con él el azar. “¿Buena suerte? ¿Mala suerte ¡Quién sabe!”, contestó enigmático el viejo. Esta vez sí concluyeron que el hombre presentaba síntomas de senilidad, por no valorar como ellos esperaban tan tremenda caballería, y sin coste alguno. Bueno, sí, tuvo un coste de sobresalto: el hijo al intentar domar al animal primero para evitar la huida del grupo sufrió una caída de estrépito y el caballo le rompió innumerables huesos. ¡Qué desgracia!, lamentaron los vecinos. Y el anciano respondió lo de siempre: “¿Mala suerte? ¿Buena suerte? ¡Quién sabe!”. Nadie esperaba que una semanas más tarde se presentara el ejército en la aldea para reclutar a los varones jóvenes para acudir a una batalla de la que difícilmente volverían vivos. Se llevaron a todos… menos al hijo del anciano, que estaba convaleciente de las heridas que le infligió el caballo. “¿Buena suerte? ¿Mala suerte? ¡Quién sabe!”, insistió. Saludemos a marzo sin miedo a la incertidumbre. Todo cambia. ¿Para bien? ¿Para mal? ¡Quién sabe!
Daniel Martín,
Coach y editor de Vértigo

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