Cambiar de opinión

“Siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no todo el mundo ha disfrutado de las facilidades que tú has tenido”. El narrador de El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, empieza la novela con este consejo que le dio su padre cuando era más joven y más vulnerable. Hoy mandamos a la trituradora a los criticones vocacionales, a los que no se tomarían la molestia de salvar al mundo pero que nos salvan cada mañana, cada noche y las horas entre medias con sus soflamas sobre cualquier cosa: Que Woody Allen ha estado filmando en España, pues que qué hace aquí, que es un abusador aunque esté absuelto, que es un caballero porque está absuelto, que ya no es lo que era, que siempre será lo que fue, en fin opinar por opinar.

Poco hay más sobrevalorado que las opiniones. El propio Allen presume de cambiar de opinión, incluso en los rodajes. Churchill, al que ahora se cita tanto por el cómico presidente del Reino Unido, tiene una frase mítica de cambios y opiniones: “Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema».

No solemos fijar en lo que hacen las personas, cuando la clave primera radica en cómo piensan. ¿Cómo piensa un fanático? El fanático piensa en que cambiar de opinión es perder algo. Hay que opinar lo mismo siempre. El valor consiste en no cambiar. Y en ese hilo argumental llega a la conclusión de que soltar un tema es una rendición. Más todavía: el fanático piensa que su opinión es la única que sirve. Y que quien piensa como él está en lo cierto, y quien no, pues está equivocado.

La pregunta de hoy: ¿Cómo te llevas con la gente que no piensa como tú?

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