Cuando gobernar (España o un pueblo) parece tan complejo como criar a un niño

Los estudiosos de la ciencia de la complejidad distinguen tres tipos de problemas: los simples, los complicados y los complejos. O sea, hacer un pastel con receta, enviar un cohete a la Luna o criar a un niño. ¿Qué hemos hecho entre todos para que un asunto simple como gobernar (España o un pueblo) se haya convertido en algo tan complejo como criar a un niño?

Los profesores Brenda Zimmerman, de la Universidad de Nueva York, y Sholom Glouberman, de la Universidad de Toronto, hicieron la distinción triple de problemas en los años 70. Y en Vértigo vemos la distinción más potable hoy incluso que entonces. Los estudiosos veían simples esos problemas comparables a preparar una tarta a partir de una mezcla preparada. Sería una familia china llevando el mejor bar de tapas castizas de la ciudad: asimilan unas cuantas técnicas básicas, las dominan y las posibilidades de éxito son elevadísimas, con disciplina, que les sobra.

Los problemas complicados se parecen más a enviar un transbordador a la Luna. Puede ser un encadenamiento de problemas simples, pero no hay receta como tal. Para el éxito, además de pericia y especialización, se requiere mucha gente y mucha tecnología. Abundan las dificultades imprevistas. Y la coordinación se convierte en una cuestión seria. Con todo, una vez que consigues mandar un pepino a la Luna… puedes repetir el proceso con otros y perfeccionarlo. Un cohete es un cohete es un cohete, como la rosa de Ezra Pound (y Mecano).

Y por último están los problemas complejos. O sea la política. Por qué. Pues porque a los asesores de los políticos les ha dado la gana. Complejo sería criar un niño. Puedes enviar un cohete a la luna y luego otro y otro. Pero criar un niño no te garantiza nada con el siguiente. Lo saben los maestros y lo sabemos los padres (especialmente los de familia numerosa como el que suscribe). La pericia es valiosa pero insuficiente. El segundo niño puede necesitar un enfoque distinto al primero. Y el tercero, ni te cuento. Muy propio de los problemas complejos: el desenlace es incierto, muy incierto. Como el de estas elecciones del 10 N, con lo fácil sería dejar a los algoritmos que pensaran por nosotros. Si ya lo hacemos en otras cuestiones.

Es posible criar un niño. Es posible gobernar: España o un pueblo. Para empezar, evitando que el asedio de problemas sencillos se convierta en una tragantona por despecho, desidia, hartazgo o el aquí estoy yo, que recuerda a cuando un amigo, escuchando tus sufrimientos con los niños te dice que a él sus perros le dan también mucha guerra.

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