Dilema del «prisionero» electoral

La policía de la democracia -a este paso habrá que crearla- arresta a dos candidatos electorales. Pongamos Pedro Sánchez y Pablo Casado. Son sospechosos de un delito aún no incluido en el Código Penal: no querer gobernar España. Y no hay pruebas concluyentes para condenarlos.

Los llevan a calabozos distintos y los agentes los visitan por separado para ofrecerles un trato, el mismo: si un político admite su delito y el otro no lo hace, el cómplice del DesGobierno será condenado a la pena máxima: dimisión (destitución, si se resiste). O sea, el que calla queda fuera definitivamente y el que admite la responsabilidad queda libre para ponerse a formar Gobierno, sí o sí.

Espera, que falta algo: los dos políticos saben que, si ambos admiten su delito -dejar a España en la estacada-, ambos tendrán la misma condena: deberán elegir otro candidato a su partido para formar el Gobierno que ellos no constituyen. Hay otro escenario aún: si ambos niegan las acusaciones -en plan “estamos haciendo todo lo posible”-, cumplirán la pena menor… para ellos: ir de nuevo a elecciones.

Esta versión politikón del Dilema del prisionero y la Teoría de los juegos ilustra a brochazos gruesos lo que puede estar pasando en la política española. En vez de admitir cada cual: Quizás no estoy haciendo todo lo posible para formar gobierno, aun a riesgo de que el otro haga lo mismo y por tanto queden los dos inhabilitados, lo que hacen los candidatos es buscar el punto más egoísta para el bien general: negar el “delito” y otra vez a elecciones.

El resultado de lo que uno elija depende de lo que haya elegido el otro y en esa indefinición se nos pasa la juventud que ya no tenemos. ¿Qué espera Pedro Sánchez de Pablo Casado? ¿Y Pablo Casado de Pedro Sánchez? Menciono a estos dos por ser los más votados y hacer mayoría.

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