“Eh, negro, vete a tu país”

Manuel ha nacido en el hospital antiguo de Móstoles. Tiene 27 años, un grado universitario y un contrato indefinido en una clínica. Manuel es negro. “Ni moreno ni de color”. Es viajero, deportista y adora su país, España. Desde el colegio ha sufrido mofas por su raza. Pero lo que más le sorprende es un fenómeno reciente: chicas y chicos jóvenes que por ejemplo cuando sale de fiesta le dicen al oído: “Eh, negro, vete a tu país”. Entonces se acuerda de aquel profesor retrógrado que al pasar en una excursión cerca de prostitutas negras…

—Íbamos de excursión, debía tener yo nueve o 10 años, y con el autobús pasamos por un sitio donde había un grupo de prostitutas negras. Mirar, las hermanas de Manuel, dijo. Y todos se rieron. Y yo también me reí, ahora lo recuerdo. Ah, mis hermanas, jajaja. Estaba tan acostumbrado a bromas de esas— dice.

A Manu* le encanta la gente, la música, la comida de España, “la libertad”, y no ha pensado siquiera en visitar el país de origen de sus padres, Guinea. Sus padres viven en España desde hace décadas, por cierto.
—Soy español como tanta gente blanca y aquí en España somos acogedores pero sorprendentemente me encuentro a gente que se mete conmigo—.

Le pasa mucho al salir de fiesta, con su novia, blanca, y sus amigas. Manu es alto, fuerte, viste bien, no pasa desapercibido. Hace tres semanas…
—Estábamos en plena Castellana de Madrid. Se me acercó una chica de veintipocos años y me dijo al oído Eh, negro, vete a tu país, y yo me quedé con ganas de decirle Si estoy en mi país. Jóvenes que antes estaban calladitos, pensaran lo que pensaran, ahora se sienten con fuerza como para decirte que te marches—.

«Porque soy negro piensas que mi padre y mi madre se tienen que llamar Bunga Bunga o algo así. Todos reímos, mi compa se puso colorada».

Manu tiene un humor ágil y buen corazón, por lo que es capaz de sacar a la buena gente de trampas en las que se meten por desconocimiento. Como aquella vez en que una compañera…

—Me llevo muy bien con ella. Me vio los nombres que llevo tatuados en los brazos, nombres españoles, y me preguntó: ¿Quiénes son? Pues son mi padre y mi madre. Anda ya, dijo ella, no me tomes el pelo. Y yo le dije Porque soy negro piensas que mi padre y mi madre se tienen que llamar BungaBunga o algo así. Todos reímos, mi compa se puso colorada—.

Son rémoras de la ignorancia. El aprendizaje con Manu es fácil. Como aquel día en que jugaron a buscar expresiones del lenguaje que se siguen manteniendo, y que tienen connotaciones peyorativas, claro:
—Salieron varias: ¡me estás poniendo negra! ¿te crees que soy negro? Trabajas como un negro… muy graciosas todas—, sonríe.

En el trabajo todavía algún paciente, al verlo, prefiere elegir a otro sanitario. Y hay prejuiciosos que cuando ven un error en algún informe piensan que es cosa de Manu… Precisamente él, que es tan cuidadoso con el lenguaje. Ahora está haciendo un máster.
—Ya sé, ya sé: sí, soy el único negro allí, pero eso no tiene ningún significado para mí, es como si te dijeran cuántas mujeres hay, cuántas madres de tres hijos, cuántos… Lo que lamento es que la de la raza sea la causa que siempre se queda para después. Antes va la sostenibilidad, lo que sea…—.

Según escucho a Manu, me preocupa que mi hijo Dani, que tiene 4 años y rasgos filipinos-filipinos aunque ha nacido en España, tenga que sufrir las bromas de quienes no saben que uno de los valores más inspiradores y valiosos para el progreso del mundo es la diferencia. Peor para los ignorantes. Resistiremos.

*por deseo del protagonista, he cambiado el nombre y la edad.

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