El Agujero del Diablo

La feria (como el futuro) ya no es lo que era. Ahora la mayor transgresión es nominal: El Comboy Disney, que se mueve por el sur madrileño, con unos cochecitos y personajes que recuerdan lejanamente a los del tío Walt. Hubo un tiempo en que en Europa triunfaba el Devil’s Hole, el Agujero del Diablo, o The Rotor, una atracción alucinatoria: unas 30 personas se juntaban en un barrilazo que giraba a tal velocidad que quedabas suspendido en el aire. Golpes, sensación de asfixia. Los niños también podían entrar. En “Los 400 Golpes”, de Truffaut, vemos al prota montado en uno de estos agujeros.

Me topo con la historia en Menéame, que desconocía que seguía existiendo. Ahí recordaban esta atracción para temerarios, cuando los circos y los parques de atracciones eran territorios salvajes. Ahora los territorios salvajes son las teles, sin normas, con animales -racionales, dicen-, pero bueno esa es otra historia.

Quería usar estas líneas matinales para recordar al alemán que creó el Agujero del Diablo, Ernst Hoffmeister, en los años 40 del siglo pasado. Por cierto lo estrenó en un Oktoberfest, el de 1949. El artefacto triunfó en los Estados Unidos de América, en parques de atracciones míticos como el de Coney Island. El público podía ver desde arriba el espectáculo de la gente levitando. Eso es sentido del espectáculo. La rotación era tan potente que los participantes quedaban en el aire.

Cuenta el Doctor Peligro, en la revista Agente Provocador (qué cantidad de nombres inspiradores), que la experiencia se saldaba con golpetazos, problemas de respiración y momentos de angustia. El público pagaba por verlo, no solo por montar. Ahora a mis niños los ponen el cinturón en el Comboy Disney, que va a la velocidad de una bisabuela con andador. Y luego son ellos, los niños, los que a diario nos ven montados a nosotros en un Agujero del Diablo cotidiano, que da vueltas y vueltas: madrugar, al cole, al trabajo, la comida, las extraescolares, la compra… Y también sentimos angustia, y estamos en el aire. Ah y nadie paga para vernos.

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