El martillo y otras “amarguras”

A ver qué te parece esta historia. Un hombre tiene que clavar unas maderas. Tiene los clavos pero le falta el martillo. Sabe que el vecino tiene uno, así que se dispone a pedírselo prestado. Entonces le asalta una duda: “¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. O quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre tiene algo contra mí. Pero… ¿qué puede ser? Si yo no le he hecho nada. Algo que se habrá metido en la cabeza. A mí si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede alguien negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Puag… tipos como éste le amargan a uno la vida. Y seguro que se imaginará que dependo de él. Solo porque tiene un martillo. Esto es el colmo…”. De modo que nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, le abren la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir siquiera Buenos-días, nuestro hombre le grita con furia: “¡Quédese usted con su martillo, desmayado!”.

Sí, sí, Ovidio avanzó esta técnica sencilla y de efecto ciclópeo hace mucho-mucho tiempo. Pero daba menos juego porque lo hizo en sentido positivo: “Persuádete de que estás enamorado, y te convertirás en un amante elocuente. Muchas veces el que empezó fingiendo acabó amando de veras”. Normalmente utilizamos esta técnica maravillosa para amargarnos la existencia, como el tipo del martillo y su vecino. Esas terribles desdichas que nunca sucedieron en realidad… ¿Te suena? Es fácil amargarse: enhebra un hilo largo de fantasías terribles y busca un eslabón definitivo y desprevenido. Tendrás siempre la razón: para la indignación, el asombro, la incomprensión, el disgusto y para declararte inocente. Alguien siempre abusa de tu bondad…
¿Qué ha sido eso?

Recuerda Paul Watzlawick la historia del martillo y a Ovidio y la amargura de cualquiera… y nos cuenta cómo sociológicamente las mujeres tienden a preguntar desde la habitación continua: ¿Qué ha sido eso?, y que esperan que la pareja se levante y acuda para ver qué pasa, y que casi siempre lo hace. Hasta que un individuo dio una vuelta al caso, en una ocasión. Estaba sentado y su pareja se puso a gritar por toda la casa: ¿Ha llegado? El marido, sin saber de qué iba la vaina, contestó: Sí. Y ella siguió por ese cauce: ¿Y dónde lo has metido? Y él respondió: Con los otros. Situación resuelta. El sociólogo Howard Higman lo llamó “particularidad no específica”. Y te evita amargarte… la vida.

Watzlawick cita también al experto en autosugestión Émile Goué y sus técnicas para que nos metamos en la cabeza que nos sentimos cada vez mejor, siempre mejor. Pondremos aquí un ejercicio de los que a la mayoría le gusta aplicarse de forma inversa, claro. Peor, siempre peor. Ahí va, por si quieres amargarte
durante un rato:

Los zapatos

Permanece sentado en el sillón y con los ojos cerrados. Ahora haz que tu atención se fije en tus zapatos. Al poco tiempo, empezarás a notar lo incómodo que es esto de llevar zapatos. Da igual que hasta ahora te hubiera parecido que los zapatos te iban bien; de pronto notarás puntos que aprietan y de improviso serás consciente de otras molestias como escozores, roces, retorcimiento de los dedos, ardor o frialdad y sensaciones parecidas. Sigue con el ejercicio hasta que llevar zapatos, que siempre le había parecido algo evidente y rutinario, se convierta en francamente molesto. Luego cómprate unos zapatos nuevos y observa cómo en la tienda te parece que sientan bien, pero después de llevarlos un poco producen las mismas molestias que los viejos.

 

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