El punto G de la vida

Estás en una reunión de amigos, estás en un mal momento y, de repente, te levantas y cantas tus desventuras, y digo cantar de verdad. “Hay muchos motivos para no estar con alguien, pero no hay motivos para estar solo”, interpreta él, desentonado pero maravilloso. He visto 17 veces seguidas ese minuto cantado que surge como un fogonazo a las dos horas de película. Está entre lo sublime y lo ridículo, en “Historia de un matrimonio”, de Noel Baumbach. Si estás en un momento de divorcio con abogados, la verás como una historia de timadores. Si estás enamorado, pensarás en lo que te puedes perder si te despistas. Si estás desencantado, no sé… Al verla pensaba en que existe un punto G de la vida.

La película empieza de forma magistral. Habla él y la vemos a ella:

“Lo que me gusta de Nicole: hace que te sientas cómodo incluso con cosas incómodas.
Escucha de verdad cuando le hablan: a veces demasiado tiempo…
Siempre sabe qué hay que hacer en rollos familiares.
Sabe cuándo insistir y cuándo dejarme en paz.
Inexplicablemente siempre tiene lista una taza de té… que no se bebe.
Le cuesta recoger calcetines, cerrar armarios y fregar platos, pero lo intenta por mí.
Y es genial haciendo regalos…”.

Luego habla ella y le vemos a él:

“Charlie come como si quisiera acabar ya.
Ahorra energía, es meticuloso.
Se mira mucho en el espejo.
Llora fácilmente en el cine
Sabe zurcir.
Rara vez se desmoraliza.
Adora ser padre, le encanta lo que debería odiar, los berrinches, que le despierten. Que le guste tanto resulta incluso molesto…
Te dice que tienes comida en los dientes sin hacerte sentir mal.
Forma una familia con todo el que tenga cerca.
Tiene clarísimo lo que quiere…”.

Y resulta que a tres minutos de película vemos que están en terapia y a punto de divorciarse. Y no revelo nada con esto.

Me quedo con los chispazos entre lo sublime y lo ridículo. Cuando ella recuerda lo que sintió al conocerlo. “Hablar era mejor que el sexo, y el sexo era como hablar”. Era “sentirte viva”.

Él luego lo canta: alguien que te necesite, que te conozca demasiado, que te haga parar en seco, que se burle de ti con elogios, que se aproveche amorosamente, que dé variedad a tus días… estar vivo. Alguien que te atiborre de amor, que te impulse a dar la talla, que esté ahí siempre, aterrado como tú, para ayudarte a estar vivo.

Quizás el punto G de la vida sea haber sentido el enamoramiento: aunque ya se haya acabado, esté en todo lo alto, o a punto de producirse… La sensación es incomparable e inolvidable. Y luego ponerse a cantar la vida. En directo, aunque sea entonando desmadejadamente.

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