¿Fracaso? ¡Qué va! Problemas pasajeros

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Una mujer revive el pasado mientras mira una fuente antigua que tiene en el despacho. Le recuerda el día en que estuvo a punto de perder la esperanza. Había recesión, como casi siempre. Su marido había comprado una tintorería con dinero prestado. Tenían dos bebés preciosos, una casa sobre ruedas y… ¡un montón de letras que pagar! Entonces todo lo que podía ir mal lo fue. No podían pagar. Nuestra protagonista, sin formación y no muy segura de sí misma, se acordó de una habilidad que una maestra le alabó en los tiempos de instituto: se encargó de la publicidad del periódico escolar.. “Si pudiera escribir los anuncios por palabras del pequeño periódico semanal del pueblo, tal vez pudiera ganar para los pagos de la casa…”. Sin canguro ni coche, la mujer se movía de acá para allá con sus bebés en una sillita destartalada. Estaba decidida a evitar que le pasara a sus hijos lo que a ella en la infancia, que estuvo sin hogar varias veces. Se presentó en el periódico local, y no había trabajo. Se le ocurrió comprar espacio publicitario al por mayor y venderlo en forma de anuncios por palabras. Y empezó. Los del periódico le daban un par de semanas de vida. Se equivocaron. La idea funcionó. Con un puñado de compradores pudo pagar la casa, agenciarse una canguro y hasta comprarse un coche viejo. Pero una tarde los anunciantes la fallaron. Todos. ¿La causa? Un tal Ahlman, presidente de la Cámara de Comercio y dueño de la farmacia del pueblo, no estaba entre los anunciantes, y su tienda era la más popular y él muy respetado. “Tus anuncios no funcionan”, concluyeron. La mujer se acercó una vez más a ver al señor Alhman. Le sería sincera y seguro que esta vez. Entró en la farmacia y ahí estaba: le mostró la columna y le dijo lo mucho que respetaban los demás comerciantes su opinión y que por un momento prestara atención a su trabajo. La respuesta fue un fulminante NO. La mujer, desanimada, se acercó a coger resuello en una fuente a la entrada de la farmacia. No le quedaban fuerzas ni para volver al coche. ¿Sus bebés se quedarían sin casa? ¿Se equivocaba la profesora del instituto? Entonces la interrumpió la voz cordial de una mujer de pelo gris. Nuestra protagonista le contó la historia y le mostró la columna de compradores. “¡Ruben Alhman, ven aquí!”, dijo la señora de pelo gris. ¡Era la mujer del farmacéutico y le dijo que comprara de inmediato el anuncio! Además telefoneó a los otros anunciantes. Luego supo que el señor Alhman era un hombre encantador, solo que había prometido a su esposa que no compraría más anuncios y simplemente estaba cumpliendo su palabra. Si nuestra protagonista hubiera preguntado en el pueblo le habrían dicho que la clave era la señora Alhman. Aquella conversación junto a la fuente fue decisiva, y con el tiempo el negocio publicitario prosperó hasta los 285 empleados y 4.000 cuentas de publicidad. Cuando Alhman modernizó la farmacia y jubiló la fuente, el marido de nuestra protagonista la compró para sorprenderla. Y ella la puso en su despacho como testimonio de que la ayuda siempre está más cerca de lo que pensamos. “Si no podéis comunicaros con una persona importante, buscad más información, intentad otra vía de acceso, buscad a alguien que pueda comunicarse en vuestro nombre”. Desde entonces su mantra es el del fundador de los hoteles Marriott: “¿Fracaso? Jamás he tropezado con él. Lo único que he encontrado son problemas pasajeros”. Me anima mucho la historia de Dottie Walters. ¡Feliz diciembre!
Daniel Martín,
Coach y editor de Vértigo

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