La piel del otro

Nos obsesionamos con nuestra visión de cómo-deberían-ser las cosas, las personas, el mundo. Y en el arrebato nos privamos de enterarnos de cómo-son las cosas, las personas, el mundo en realidad. Le ponemos tanta emoción y tan poco análisis a lo que observamos, que en el trance creemos que la objetividad es eso que vemos en nuestro espejo o que está en nuestra cabeza.

La mayoría considera que algo es malo cuando es malo para ella o para los suyos o con quienes empatiza. Y a la inversa: es malo en general cuando algo es malo para quien opina y para los suyos. Y el bien mayor se queda arrinconado como un tipo que se pone a pensar en el fragor del rebaño.

Te propongo algo: mira a tu entorno, a tu ciudad -yo vivo en Móstoles-, mira a la política local, la autonómica, la nacional. Y pregúntate: “¿Y si el equivocado soy yo?”. Por lo menos harás el ejercicio de buscar un sentido a lo que con nuestra objetividad tan subjetiva no lo tiene. Incorpóralo como rutina. Pensarás distinto. Pensarás mejor.

Ray Dalio, mejor pensador aun que inversor, dice que con ese método de ver la cosas ha cambiado su forma de pensar sobre:

—Lo bueno y lo malo.
—Su propósito en la vida.
—Qué debe hacer cuando se enfrenta a decisiones cruciales.

Afecta sobre todo a las convicciones: una religión da por buenas sus creencias y por tanto como erróneas las ajenas, hasta el extremo de matar por ello. Para eliminarlas. Pasa en la política, pasa en lo moral…

Decimos bueno o malo según afecta al individuo y nos olvidamos del bien general. Pues empecemos a recordarlo. A partir de ahora, una pregunta basta: ¿Y si el equivocado soy yo?

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