La vulnerabilidad es de fuertes

“Si puedes reconocer tu vulnerabilidad en la derrota/ aprendiendo de la enseñanza y no viendo un fracaso./ Y aceptar humildemente tus victorias/ viéndote en ellas como uno más entre todos,/ tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella/ Y, lo que es más, ¡serás un hombre, hijo mío!”. Ruyard Kipling

 

Has leído bien, sí: la vulnerabilidad es una fortaleza. No equivale a debilidad. Las personas que se atreven a mostrar vulnerabilidad son percibidas como más cercanas y te conectas con ellas con más facilidad. “No sé”, “necesito tu ayuda”, “yo solo no puedo”, “gracias”, “admiro lo que haces”, “tengo dudas”, “estoy preocupado”… y otras
declaraciones en esta línea son esenciales para un líder.

Si creemos que ser vulnerable es ser débil nos costará aceptar que necesitamos ayuda y que desconocemos algún asunto. Temeremos que los demás lo noten, pese a que se notará. Nos negaremos la evidencia a nosotros mismos, en plan No-le-debo-nada-a-nadie.

Cuando pensemos en vulnerabilidad como una fortaleza, nos atreveremos a pedir ayuda, aceptaremos lo que no sabemos y que no podemos con todo, y expresaremos lo que nos falta para lograr lo que queremos. Y nos decidiremos a dar las gracias y a reconocer las virtudes de los otros, e incluso a admirar. “No sé”, “necesito tu ayuda”, “te agradezco”, “te admiro”.

La vulnerabilidad potencia el aprendizaje. Porque todo saber arranca de una declaración de “no sé”, y de la iniciativa para ponerte a investigar lo que no sabes. Con esa actitud vulnerable los demás comparten sus experiencias y nos enseñan. Y son más comprensivos ante los errores. No hay por qué esconderlos: humildad y actitud de oportunidad.

La razón verdadera de que los demás te miren con antipatía está relacionada con los esfuerzos que hacen para ocultar su vulnerabilidad. Es mejor la apertura a aprender y pedir ayuda. Y honradez y humildad ante los errores.

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