Los mafiosos no se jubilan

Ver a un mafioso elegir un ataúd y un nicho para sí mismo es un contradiós: ¿acaso piensa morirse de forma natural? Esta mañana me he trasegado la última de Scorsese, The Irishman (El Irlandés). Se parece mucho a la vida: emocionante a ratos, incierta, te aburres moderadamente, sublime en chispazos y hay más palabras que acción. Son 3 horas y 29 minutos, y sí, se hace larga, pero la sensación final debe de parecerse a la vida cuando dura: se termina casi en un susurro, con una frase que me encantaría poner de título pero no quiero revelar.

Es doloroso ver a De Niro casi trastabillarse al ir a tirar al agua la pistola del penúltimo asesinato: la edad. Scorsese ha hecho una versión crepuscular de Godfellas (Uno de los Nuestros) y es como si quisiera que no nos identificáramos esta vez con los malvados. Ni con los demás, eh. Hombres feos, gente cansada.

La música evoca al Scorsese legendario, desde Mean Streets (Malas Calles). Y te lleva en volandas hasta el hilo de principio a fin de la película: el irlandés, un tipo rudo, padre mejorable y leal, sobre todo leal a los suyos. En la guerra aprendió a acatar órdenes y así siguió toda la vida. “Nunca entendí por qué seguían cavando sus propias tumbas”, dice mientras le vemos de joven apuntando a dos soldados alemanes prisioneros en el bosque. Creerían que si lo hacían bien el tipo del arma los salvaría. Bum.

Hay frases lapidarias: “Si alguien no es fiable en esta vida son los hijos de los millonarios”, suelta Pacino, difícil de ver en un personaje palabrón y testarudo. O esta del irlandés: “Tres personas guardan un secreto solo cuando dos de ellas están muertas”. Pesci, como el capo Russ, está contenido, genial, como un controlador de pocas palabras y reiteraciones homicidas: “¿Eso dijo? ¿Está seguro de que dijo eso? ¿Dijo eso?”.

En algún momento recuerda al mejor Tarantino, como ese instante en que los mafiosos discuten sobre la ropa que debes llevar a una reunión, si depende del lugar, y sobre los minutos que uno puede esperar al que se retrasa: ¿10? ¿15? Y está el puro Scorsese que te congela la imagen de determinados personajes y te cuenta apunta como si fuera una ficha o una lápida, de cuántos disparos murió, a cuántos años de cárcel le condenaron y así. O que te cuenta algo de fondo mientras la cámara se regodea en las mejores salchichas, a la plancha con cerveza.

Hay en The Irishman un río al que van las evidencias de los crímenes: “Si enviaran buzos, con lo que encontraran podrían armar a un país pequeño”, dice De Niro. Y a mí me ha quedado una sensación final inquietante: la incomprensión que notaste en la adolescencia debe de volver cuando entras en la inmadurez final, a los ochentaypico, noventaypico y más. De que en la vejez nadie nos va a entender…   

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