Los médicos mienten: “Tranquilo, que no duele”

Al niño le dolían los oídos. El doctor se los examinó, le dijo que se tumbara y la enfermera colocó bajo la mejilla del crío un especie de tela absorbente. Olía a alcohol. Hubo un ruido metálico, una jeringa larga y mucha tensión. El doctor sonrió y soltó esa mentira que debería llevar a la cárcel a algunos de bata blanca: “Tranquilo, que no duele”. Entonces metió la aguja y perforó el tímpano.

Stephen King de niño

Se me vinieron los recuerdos de mis vacunas y las de mis hijos leyendo este episodio de la vida de Stephen King que el escritor recuerda como un dolor terrible, de una intensidad sinigual. Si acaso podría parecerse a aquella recuperación larga cuando le atropelló una camioneta en verano.

El pinchazo en el timpano era un dolor inhumano. “Grité. Entonces oí algo dentro de la cabeza, como un beso muy fuerte y me salió líquido de la oreja”. King, sin necesidad de adolescentes sangrientas y sus payasos de alcantarilla, tiene una escena terrorífica: “Fue como llorar por el agujero equivocado”.

Su cara al incorporarse debió de parecerse a la de mi niña nerviosa en su última vacunación. En plan “Tú también, Bruto”. Una mirada de incredulidad, que te recuerda para siempre que hay traidores en todas partes y que los peores son los que lo hacen “por tu bien”.

Un beso de gigantes

A la semana siguiente, otra visita. Otra vez la exploración, la tela absorbente, aquel olor -para siempre ya asociado a enfermedad y miedo- y la jeringuilla inacabable. “El doctor volvió a asegurarme que no dolería, y yo a creérmelo; no del todo, pero lo bastante para no moverme cuando me metieron la aguja en la oreja”. Dolió casi tanto como la primera vez. Y el ruido de succión fue incluso más intenso. “Esta vez era un beso de gigantes”.

Hubo un tercer engaño y Steve se resistió, hicieron falta la enfermera y la madre para que el doctor le volviera a pinchar. Con aquellos episodios de agujas y tímpanos y pus, Stephen King grabó uno de sus principios más sólidos: “Al primer engaño, la vergüenza es del que engaña; al segundo engaño, la vergüenza es del engañado; y al tercero la vergüenza es de los dos”.

El magnífico libro de Stephen King es «Mientras escribo». Una maravilla, incluso si no has pensado nunca en escribir.

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