«Me abrazaba cuando estaba peor, me hizo tan feliz…»

He conocido una historia de amistad más-grande-que-la-vida. A Lucía, profesora y residente en Alcorcón, le detectaron un cáncer de mama agresivo recién divorciada y con dos hijos ya independientes. Decidida a espantar las tormentas de la quimio y la radio, se compró una peluca y se animó a salir a bailar con las amigas. “No veas cómo picaba la peluca con el sudor. Pero me sirvió para divertirme sin que la gente se fijara demasiado en mí”. Una noche conoció a un hombre 20 años más joven, de Rumanía para más señas. Nada fue por el camino acostumbrado… Ni siquiera hoy…

“Hablamos. Le conté lo que me pasaba. Y salimos a pasear muchas veces. Me daba la mano. Me abrazaba cuando estaba peor. Me hizo tan feliz”. No había sexo. Con la quimio el cuerpo no está para más épica. Pero era una relación sentimental con todas las letras. Y las amigas y los hijos le trasladaron sus miedos.

—Me decían que me iba a hacer daño, que no iba a quedarse conmigo para siempre, que ese hombre tenía que hacer la vida de un joven de su edad, enamorarse… Yo lo entendía y no me importaba: me hacía tan feliz.

De hecho, fue con ese espíritu vivo y optimista con el que se propuso divertirse en lugar de quedarse en casa sufriendo los estragos de la química.
—Recuerdo que me decían Se te va a caer el pelo, vas a estar devolviendo… y yo pensaba A mí, con lo alegre que soy y lo positiva, no me pasará, yo no voy a sentir eso. Bueno, se me cayó el pelo, pero vómitos no tuve —sonríe.

Y con ese mismo espíritu asumió que Víctor y ella se distanciaran cuando se curó del cáncer.

Alguien que duerma contigo cuando tienes tanto miedo

Entonces, llegó el segundo zarpazo de la enfermedad. Y su amigo volvió a su vida. Y el concepto de amistad, que se palpa casi:
—Alguien que venga a casa a dormir contigo cuando tienes tanto miedo, que te diga que todo va a salir bien… Era maravilloso.

Al superar el segundo cáncer, Lucía sorprendió a Víctor con un ofrecimiento:
—Nunca me lo pidió pero yo sabía que le serviría: le dije que me iba a casar con él. Nunca me lo había pedido, pero yo sabía que, con la nacionalidad española que obtendría con el tiempo, podría vivir muy bien de esos trabajos de electricista que estaba haciendo sin contrato…

Se casaron. Lo celebraron. Y compartieron vida el tiempo necesario y cumplido el tiempo que acordaron se divorciaron y poco a poco dejaron de verse.

Y así han estado años. Hasta hace muy poco. Lucía tiene una enfermedad degenerativa. Está todavía incipiente, pero ha perdido toda la fuerza en las manos, no puede abrir recipientes, tiene temblores. Y como si la enfermedad se confabulara para unirlos, Víctor y ella han vuelto a contactar. Más todavía: viven juntos.
—Se ha venido a vivir conmigo. Somos compañeros de piso. Compartimos gastos. Me ayuda mucho con su conversación y con esas pequeñas cosas que a mí me salvan y que ni siquiera tengo que pedirle. Y él dice que le gusta estar conmigo.

—Él entra y sale y tiene su vida, cómo no, es una persona de cuarentaytantos años, pero hay fines de semana en que me dice: Hoy no salgo. ¿Vemos una película juntos? Y estamos tan a gusto… A mí me gustaría seguir así el resto de mi vida.

Para suspicaces y egoístas: el piso y el dinero de Lucía serán para sus hijos. lo dice el testamento. No hay nada material entre Víctor y Lucía. Hay algo más allá: Una amistad preciosa, un amor inusual… Ni ellos lo saben.

Por cierto: Lucía y Víctor no son sus nombres reales. He preferido ocultarlos para preservar su intimidad.

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