Política: ni cometer errores ni aprender de ellos

Las organizaciones que llevan a su gente a hacer grandes cosas se distinguen por dos elementos, entre mil: las relaciones significativas y el trabajo significativo. Una relación significativa es esa en que las personas se respetan y se quieren lo bastante para estar ahí cuando uno de sus miembros necesita apoyo. Más todavía: en una relación significativa las personas disfrutan de la compañía mutua, lo pasan bien juntas, fuera y dentro del trabajo.

Dentro de la política, al menos en los viejos partidos, no abundan las relaciones significativas. Por eso, cuando las cosas se tuercen, abundan los silencios, los me-pongo-de-perfil y las intrigas. Se palpa y hasta huele, cuando se cometen errores. En las grandes organizaciones, que funcionan como familias, está bien cometer errores siempre que se aprenda de ellos; en la política sucede lo contrario: cometer errores es imperdonable y además no se aprende nada de ellos.

Es porque los errores duelen y la política es el arte del fingimiento: que nadie vea que estás mal, que nadie vea si mientes o dices la verdad. Los políticos con ideales saben internamente que el dolor es como un WhatsApp de madrugada directo al estómago: un mensaje de algo que está mal y que debería enseñarte a no volver a cometer el error.

Ray Dalio lo dice con claridad: “Si no puedes tolerar cometer errores, no crecerás, sufrirás y harás sufrir a quienes te rodean, y tu ambiente laboral se distinguirá por las murmuraciones mezquinas y las críticas malintencionadas, en lugar de por la búsqueda sana y honrada de la verdad”.

Claro que no se trata de fallar de cualquier manera. La clave, hasta para eso, es fallar correctamente: ver que se comete el error y cambiar para sacar adelante el trabajo significativo. Hace falta carácter para fallar, más que para tener éxito.

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