Recompensas y riesgos

Jugarse la piel es, en trazo grueso, evitar que otros paguen el precio de tus errores. ¿Conoces a gente que pague el paquete de sus equivocaciones? Pues de ello va esta sección de Vértigo. Jugarse la piel es vivir con responsabilidad: si yerro, pago. Imagina que en la política, tan revuelta, cundiera ese ejemplo: voy a implantar esta reforma para reducir el paro. Si no lo consigo, me marcharé a casa, dejaré que otra persona aplique sus fórmulas. Aplausos.

Jugarse la piel es poner algo de ti en lo que haces: la empresa demoscópica que hace sus sondeos: si se equivoca, tendrá que pedir disculpas y devolver el dinero. Los opinadores: «Estoy seguro de que Pedro Sánchez va a…». Si no se produce, que el opinador pida disculpas y se dedique a otra cosa: los vaticinios no son lo suyo. Empezaría a escucharse más: No sé… y de ahí a la sabiduría.

Jugarse la piel es vivir sin esa red blanda que está empobreciéndolo todo: la del nunca-pasa-nada. ¿Digo y no cumplo? Va, si a la gente se le olvida. Es vivir con autenticidad. Es decir darlo-todo y darlo. Jugarse la piel tiene algo de carácter: es que no haya brecha entre lo que digo y lo que hago. Difícil, pero no imposible. Un libro dice que te va a enseñar a hacerte rico: ¿Es rico el autor? ¿No? Pues a la trituradora el libro, como mínimo por no aplicarse sus propios consejos.

Un mundo que se juega la piel será menos lacrimógeno, menos mercadotécnico y más sincero. «Esto es cáncer y no sé si te podré salvar la vida». Y a partir de ahí tú decides lo que haces: llorar, vivir como si el mundo se acabara, serenarte.

Jugarse la piel debe tener recompensas. Creo que ya las tiene. Mira a tu alrededor para ver qué pasa con quienes se han jugado el pellejo, la vida. A esos, sí, hay que subirlos como mínimo el sueldo.

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