Ser y parecer: estamos como siempre

La nueva ministra de Agricultura en Italia, Teresa Bellanova, ha sufrido ataques sarcásticos por no cumplir con la imagen que el rebaño tiene de una ministra, y por no disimularlo. Se presentó al juramento con un traje azul que sorprendió y tuvo que defender sus orígenes campesinos y que estudió hasta la secundaria y ya.

El millonario de la puerta de al lado puede usar un coche viejo y comprar marcas blancas. Un campesino puede hacer prosa canalla. Una doctora cumbre puede ser ruda como un baile regional. Bogart intimidaba con su voz nasal y su físico escuchimizado (en el doblaje español ya se ocuparon de inventarle una español más de tipo duro, como a Eastwood constantinizado pese a voz sedosa).

La polémica pone de relieve esa intuición traicionera que empleamos indiscriminadamente: entras en un bar y te dicen que hay dos bibliotecarios: entonces buscas el aspecto que en tu mente tienen los bibliotecarios. Y te equivocas. Las series de televisión, tan de moda que nos están colando cucarachas por liebre, suelen caer en ese error de apreciación: el médico protagonista es guapo, tiene pelazo y sale del quirófano pulido como un metal valioso; los malos tienen aspecto inquietante, y los torpes tienen manos de carnicero sin suerte. Por esos equívocos, más de uno se ha llevado una sorpresa al insultar a un tirillas en una trifulca de tráfico. Pum.

Hoy reivindicamos desde Vértigo la autenticidad. Ni las frutas bellas saben necesariamente mejor, ni los tipos con pose de pensador piensan mejor. Y ni las ministras que visten de forma mejorable son necesariamente mejores ministras, no vayamos a caer en lo contrario. Midamos a cada uno por sus logros en la profesión y en la vida. Interpretar un papel es fácil. Que no te la peguen: hay presidentes inseguros, bajitos que lideran maravillosamente, valientes muy femeninas, gente que habla y habla sin nada que decir…

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