Sufrir o no

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“Mi vida ha estado llena de terribles desdichas… la mayoría de las cuales nunca ocurrieron”. Esta frase del mejor ensayista de todos los tiempos, Montaigne, nos pone en la pista de una distinción vital: entre dolor y sufrimiento. Porque hay una diferencia significativa entre las dos palabras. El dolor tiene unos fundamentos biológicos que afectan al sistema nervioso. Y el sufrimiento tiene que ver con la interpretación que hacemos de lo que nos sucede. “No son las cosas las que atormentan a los hombres, sino las opiniones que se tienen de ellas” (Epicteto). ¿Quiere decir entonces que si soy capaz de modificar la interpretación de algunas cosas que me ocurren me liberaré del sufrimiento asociado? Elemental. De ahí que haya supervivientes de campos de concentración y gente atormentada por una verruga en la nariz.
El sufrimiento es un error en el pensamiento: ahí están esos padres que viven acobardados por el miedo a que sus hijos sufran algún percance; los odiadores profesionales, con la venganza como sinrazón de existir; los que cierran las puertas a la vida: sufro, sufro mucho, no puedo hacer nada distinto; los que se resisten a aceptar las pérdidas inevitables; y los que niegan el dolor, lo disfrazan y lo enmascaran con la bebida, la falsa fiesta… Frente a quienes se quedan anclados al sufrimiento –tan exhibicionista, estruendoso y superficial-, están los que aprenden a mirar de frente a la vida y admiten que cada vez que nos relacionamos con el entorno podemos sentir placer pero también dolor –silencioso y sin porqués-. Dos caras, la misma moneda.
Viktor Frankl, psiquiatra alemán víctima de los nazis, sobrevivió a los campos de concentración fantaseando, en los momentos brutales, con el día en que estaría tomando café con otros médicos en su hospital. Ese día llegó. Frankl solía preguntar a sus pacientes más sufridores, muchos años más tarde: “¿Por qué no se suicida usted?”. Sorpresa: hasta el más pesimista encontraba razones para seguir…

Daniel Martín

editor de Vértigo

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