Un vocabulario para las emociones

Se nos educa para orientarnos hacia los otros, más que a estar en contacto con nosotros mismos. “¿Qué quieren los demás que diga y que haga?”. En consecuencia tenemos un repertorio amplio de adjetivos para definir a los demás y un vocabulario muy limitado para describir nuestros estados de ánimo. ¿Cómo estás? “Estoy bien”. ¿Bien, cómo? ¿Entusiasmado? ¿Satisfecho? ¿Aliviado? Marshall B. Rosenberg dice que los sentimientos no expresados tienen un coste muy alto. Y que ampliar nuestro vocabulario para las emociones tiene ventajas: en lo personal, por supuesto, y también en el campo profesional.

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Expresar nuestra vulnerabilidad puede ayudar a resolver situaciones peliagudas. El propio Rosenberg recuerda una experiencia que le enseñó el efecto de ocultar los sentimientos. Estaba impartiendo un curso de comunicación no violenta en una zona deprimida. El primer día, al entrar, saludó en voz alta y nadie le hizo caso. En lugar de expresar su incomodidad, siguió hablando de lo que iban a hacer en la clase. Nadie le prestó atención hasta que en un momento determinado una joven, más atrevida, le espetó: “A usted no le gustan los negros, ¿verdad?”. Nuestro Rosenberg se dio cuenta con sorpresa de que disimular su incomodidad inicial había propiciado malas interpretaciones. Entonces se atrevió: “La verdad es que estoy nervioso, pero no porque ustedes sean negros. Lo que me pasa es que aquí no conozco a nadie y me gustaría caerles bien”. Expresar su vulnerabilidad tuvo un efecto importante en los alumnos. En seguida comenzaron a hacerle preguntas, a contarle y a interesarse por la comunicación no violenta.

Daniel Martín,
Editor de Vértigo

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