Una chispa de conciencia

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Os presento a un matrimonio de treintañeros con una hija pequeña. La abuela paterna enviuda y se muda a vivir con ellos. Con el tiempo, la mujer pierde movilidad, oído y algo de vista y, durante las comidas y las cenas en el salón, se le empiezan a caer los cubiertos al suelo, la comida resbala del plato… El hijo y la nuera no soportan la situación y un día deciden tomar medidas: colocan una buena mesa en un rincón de la sala y la disponen para que la abuela coma y cene allí, separada del resto. La mujer se resigna con tristeza a estar distanciada y a que no la dirijan la palabra apenas… salvo para regañarla, porque se le siguen cayendo los cubiertos de la mesa y la sopa del plato, claro.
Una tarde, antes de la cena, la niña juega en el suelo con unos bloques de construcción.
-“¿Qué estás haciendo?”- pregunta el padre.
-“Construyo una mesita para ti y para mamá. Así, cuando sea mayor, podréis comer solos en un rincón”-, responde la niña.
El padre y la madre se miran y guardan silencio durante un rato. Luego se echan a llorar. Son conscientes de la naturaleza de sus actos y de la pena que están causando. Esa misma noche la abuela vuelve a cenar con ellos a la mesa. Para siempre. Y, cuando se le cae comida al suelo o una cuchara resbala de la mesa, ya no molesta a nadie.
A veces necesitamos una chispa de conciencia para despertar nuestra compasión. La vida es plena cuando mostramos actos de bondad y compasión diarios: un elogio sincero, una muestra de afecto… La vida a veces no nos da lo que le pedimos, pero siempre-siempre nos da lo que necesitamos. Os deseo un verano magnífico para vosotros y para vuestro entorno.

Daniel Martín,
coach y editor de Vértigo

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