Vivir no es una palabra

Vivimos como si hubiera un plan prefijado: pasa algo y, a posteriori, lo analizamos de maravilla, como esos sabios falsos de la tele: sí, sí, ya lo dijimos, ya lo sabíamos, y mil explicaciones a lo ya pasado. Y tú vas y te lo crees. Hasta la siguiente sorpresa. Porque otra vez la vida nos va a pillar con el paso cambiado. Pese a todo, cada día estamos más seguros de que lo entendemos, de que lo comprendemos todo. Cuando más complejo -y vibrante- es el mundo, más explicaciones simples nos damos.

¿Y si lo que no sabemos fuera más importante que lo que sabemos? Total, el penúltimo zasca siempre nos pilla en sombra. Conocemos al detalle lo tontísimo, y luego lo crucial nos coge por sorpresa. Un atentado terrorista, por ejemplo. Una crisis. Un cambio de ciclo. Vivir, morir. En fin…

Nassim Taleb insinúa que la vida es el efecto acumulativo de un puñado de impactos importantes. Un puñado. No más. Y que casi nunca responde a lo que se esperaba. Piensa en tu propia vida, cuenta los sucesos cruciales, los cambios tecnológicos y los inventos que han tenido lugar desde que naciste y compáralos con lo que te auguraban los listos: resulta que casi nada ocurre como se dijo.

Mi invitación este marzo es a buscar lo sorprendente. Dejarse de lo manoseado y
archiconocido y mirar lo inesperado. Predecir rarezas. Nos va mal en la Historia porque somos incapaces de prever algo. Erramos, y fingimos no darnos cuenta. Ni siquiera hace falta tanto: hagamos el esfuerzo de amoldarnos a lo inesperado. Atendamos a los sucesos raros. Atendamos a las historias alternativas. Los héroes son los que tienen un comportamiento heroico, con independencia de que su historia sea un éxito o un fracaso. Los héroes son los que hacen lo que hay que hacer, cuando hay que hacerlo, incluso cuando no se sienten bien para hacerlo. Ah, y apaga la tele.

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