A clase con mascarilla, salvo al aire libre

Septiembre está cerca, que decía mi profesor de matemáticas más agorero. Y la vuelta al cole se hará con mascarilla en interiores. Al aire libre…

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Reflexiona, cada día

“Decir que no tienes tiempo para mejorar tus pensamientos es como decir que no puedes echar gasolina porque estás demasiado ocupado conduciendo”. Robin Sharma.

Yo reflexiono. ¿Tú reflexionas? 10 minutos al día bastan. El impacto en tu vida será profundo. El tiempo de un descanso y un café. 10 minutos para pensar dónde estás y sobre todo hacia dónde vas. “Si es que mi problema es que pienso demasiado…”. No. Tu reto es pensar mejor. Pensar diferente.

La reflexión que propongo es cómo mejorar día a día. Una de las tareas es dedicar 10 minutos cada día a hacer las cosas mejor. Los resultados son sorprendentes. Pones al cerebro a buscar y encuentra. Necesitas quietud y silencio. Al principio, cuesta. Y genera extrañeza. En la quietud y el silencio hay poder. Recuérdalo.

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La reflexión te puede servir para entrenar la técnica del pensamiento opuesto. La mente solo puede pesar una cosa cada vez. Así que, cuando te llegue un pensamiento indeseable, limitante, de los que no te sirve para nada, sustitúyelo por uno poderoso, ejemplar. Imagina que tu mente es un proyector: cuando aparezca una imagen negativa, sustitúyela por una positiva. Tiene que ver con el autoconocimiento: te das cuenta de tus pensamientos basura y te propones eliminarlos. De ahí vas al autodominio: con la facilidad con que los pensamientos positivos han entrado en tu vida, puedes sustituirlos por pensamientos alegres. Concéntrate: alegría y actividad. Siente que eres feliz. Es posible que empieces a sonreír. Siéntate erguido, respira profundamente y dirige el poder de tu mente hacia esos pensamientos.

Resulta que la reflexión te puede cambiar el día. Fíjate en lo que piensas: pensamientos de baja calidad generan una vida de baja calidad. Mentes débiles generan actos débiles. Una práctica diaria de reflexión, 10 minutos, hará milagros. Crearás una mente fuerte, disciplinada. ¡Adiós turbulencia interna!

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El poder de la sencillez

La sencillez tiene una fuerza arrebatadora. Déjate de complejidades y pregúntate, a bocajarro: ¿Qué es lo que quiero en la vida? Una sola pregunta basta. Sencillo, ¿verdad? Pues ahora busca 20 respuestas, o más. Porque solo si sabes lo que quieres, podrás hallar el modo de conseguirlo. “Es imposible”, le decían a uno de los pioneros. “¡Háganlo de todos modos!”, insistía él. Y lo logró. Cada vez tengo más claro que la vida va de lo que nos obsesiona, de lo que deseamos profundamente, de trazar un plan para conseguirlo, sea lo que sea, y de pagar el precio. La vida es un juego: disfrútalo, no te hagas trampas. La grandeza está reservada para quienes piensan en lo que quieren y lo intentan. Sencillez, claridad y precisión. Y corazón: pon el corazón en todo lo que hagas. La vida premia a los que se entregan totalmente, aunque pueda parecer que han fracasado. Somos dueños de nuestras actitudes. Convertimos en realidad los pensamientos y actitudes que tenemos. Tú decides cuando dejas de tener pensamientos timoratos y te atreves. Todo lo que nos suceda en el camino tendrá un sentido, aunque a veces nos cueste entenderlo.

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Las 5 leyes del oro

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Si pudieras escoger entre un saco lleno de oro y una tabla de arcilla donde estuvieran grabadas unas palabras llenas de sabiduría, ¿qué escogerías?

Si has elegido la bolsa del dinero, esto no es para ti porque creerás que no necesitas asesoramiento y estarás camino de cualquier parte para gastártelo. Si sigues aquí es porque te interesan los consejos de la sabiduría. Son 5. Las 5 leyes del oro. Vistas en el inolvidable libro “El hombre más rico de Babilonia”, de George S. Clason.

Reserva una parte
“El oro acude fácilmente, en cantidades siempre más importantes, al hombre que reserva no menos de una décima parte de sus ganancias para crear un bien en previsión de su futuro y el de su familia”.

Ponlo a trabajar para ti
“El oro trabaja con diligencia y de forma rentable para el poseedor sabio que le encuentra un uso provechoso, y se multiplica incluso como los rebaños en los campos. El oro es un trabajador voluntarioso. Siempre está impaciente por multiplicarse cuando se presenta la oportunidad. (…) Con los años, el oro se multiplica de manera sorprendente”.

Invierte sabiamente
“El oro permanece bajo la protección del poseedor prudente que lo invierte según los consejos de hombres sabios. El oro se aferra al poseedor prudente, aunque se trate de un poseedor despreocupado”.

Peligrosa inexperiencia
“El oro escapa al hombre que
invierte sin fin alguno en empresas que no le son familiares o que no son aprobadas por aquellos que conocen la forma de utilizar el oro. Para el hombre que tiene oro pero que no tiene experiencia en los negocios muchas inversiones
parecen provechosas”.

Sin forzar
“El oro huye del hombre que lo fuerza en ganancias imposibles, que sigue el seductor consejo de defraudadores y estafadores o que se fía de su propia inexperiencia y de sus románticas intenciones de inversión. El nuevo poseedor de oro siempre se encontrará con proposiciones extravagantes que son tan emocionantes como la aventura… Pero, verdaderamente, desconfiad: los hombres sabios conocen bien las trampas que se esconden detrás de cada plan que pretende enriquecer de forma repentina”.

La teoría de la aldea

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Los antropólogos dicen que tenemos un número limitado de relaciones personales importantes y estimulantes. La pauta habitual es tener dos amigos importantes durante la infancia, dos amistades adultas significativas y dos médicos. Te enamoras una sola vez, tienes dos parejas sexuales que eclipsan a las demás y hay un miembro de la familia al que quieres más que al resto. Da igual donde vivas, tu nivel de refinamiento y tu cultura: la cantidad de relaciones personales significativas es limitada y extraordinariamente parecida.
En antropología se conoce como la teoría de la aldea; en las aldeas africanas las relaciones se establecen dentro de unos cientos de metros cuadrados y se generan en un periodo breve. Para quienes estamos fuera de África el espacio puede ser el mundo entero y el periodo la vida completa, pero el caso es que las relaciones se forjan en nuestra aldea “mental”.
Lo cuenta Richard Koch en “El Principio 80/20” y me ha parecido significativo traerlo a Vértigo por si te puede servir para pensar y explicarte en este final de verano (el periodo estival es el tiempo idóneo para hacer propósitos distintos y no el año nuevo). Los antropólogos llegan a decir que, si alguien tiene demasiadas experiencias muy pronto, se le agotará su capacidad de establecer amistades íntimas. Puede que esto explique la superficialidad de algunas personas: por su profesión o circunstancias han tratado con muchísimas personas, que han ocupado su aldea mental y ya no hay sitio para más. Algunos experimentos legendarios evidencian por qué a personas que tuvieron una juventud de prostitución, delincuencia y vida al filo les es imposible experimentar relaciones íntimas más adelante, en un entorno distinto, y con todo para rehacer la vida.
Una pequeña parte de las relaciones, como el 20 por ciento, se lleva el 80 por ciento del valor emocional. “Ocupa los espacios emocionales con mucho cuidado y no te apresures”.

El martillo y otras “amarguras”

A ver qué te parece esta historia. Un hombre tiene que clavar unas maderas. Tiene los clavos pero le falta el martillo. Sabe que el vecino tiene uno, así que se dispone a pedírselo prestado. Entonces le asalta una duda: “¿Y si no quiere prestármelo? Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa. O quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre tiene algo contra mí. Pero… ¿qué puede ser? Si yo no le he hecho nada. Algo que se habrá metido en la cabeza. A mí si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo él también? ¿Cómo puede alguien negarse a hacer un favor tan sencillo a otro? Puag… tipos como éste le amargan a uno la vida. Y seguro que se imaginará que dependo de él. Solo porque tiene un martillo. Esto es el colmo…”. De modo que nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, le abren la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir siquiera Buenos-días, nuestro hombre le grita con furia: “¡Quédese usted con su martillo, desmayado!”.

Sí, sí, Ovidio avanzó esta técnica sencilla y de efecto ciclópeo hace mucho-mucho tiempo. Pero daba menos juego porque lo hizo en sentido positivo: “Persuádete de que estás enamorado, y te convertirás en un amante elocuente. Muchas veces el que empezó fingiendo acabó amando de veras”. Normalmente utilizamos esta técnica maravillosa para amargarnos la existencia, como el tipo del martillo y su vecino. Esas terribles desdichas que nunca sucedieron en realidad… ¿Te suena? Es fácil amargarse: enhebra un hilo largo de fantasías terribles y busca un eslabón definitivo y desprevenido. Tendrás siempre la razón: para la indignación, el asombro, la incomprensión, el disgusto y para declararte inocente. Alguien siempre abusa de tu bondad…
¿Qué ha sido eso?

Recuerda Paul Watzlawick la historia del martillo y a Ovidio y la amargura de cualquiera… y nos cuenta cómo sociológicamente las mujeres tienden a preguntar desde la habitación continua: ¿Qué ha sido eso?, y que esperan que la pareja se levante y acuda para ver qué pasa, y que casi siempre lo hace. Hasta que un individuo dio una vuelta al caso, en una ocasión. Estaba sentado y su pareja se puso a gritar por toda la casa: ¿Ha llegado? El marido, sin saber de qué iba la vaina, contestó: Sí. Y ella siguió por ese cauce: ¿Y dónde lo has metido? Y él respondió: Con los otros. Situación resuelta. El sociólogo Howard Higman lo llamó “particularidad no específica”. Y te evita amargarte… la vida.

Watzlawick cita también al experto en autosugestión Émile Goué y sus técnicas para que nos metamos en la cabeza que nos sentimos cada vez mejor, siempre mejor. Pondremos aquí un ejercicio de los que a la mayoría le gusta aplicarse de forma inversa, claro. Peor, siempre peor. Ahí va, por si quieres amargarte
durante un rato:

Los zapatos

Permanece sentado en el sillón y con los ojos cerrados. Ahora haz que tu atención se fije en tus zapatos. Al poco tiempo, empezarás a notar lo incómodo que es esto de llevar zapatos. Da igual que hasta ahora te hubiera parecido que los zapatos te iban bien; de pronto notarás puntos que aprietan y de improviso serás consciente de otras molestias como escozores, roces, retorcimiento de los dedos, ardor o frialdad y sensaciones parecidas. Sigue con el ejercicio hasta que llevar zapatos, que siempre le había parecido algo evidente y rutinario, se convierta en francamente molesto. Luego cómprate unos zapatos nuevos y observa cómo en la tienda te parece que sientan bien, pero después de llevarlos un poco producen las mismas molestias que los viejos.

 

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La vida por delante

“Tienes toda la vida por delante”, decimos cuando animamos a alguien a hacer algo sin presionar demasiado. O cuando nosotros mismos nos queremos tranquilizar. Incito, sí, pero solo un poquito. ¿Ilusión o trampa? Desconocemos lo que va a durar nuestra vida, por lo que es crucial apreciar el valor del tiempo: cada instante es precioso, vamos a aprovecharlo. Evitemos dejar para el futuro aquello que intuimos esencial. No, no hablo de patalear de impaciencia, sino de evitar las distracciones.

Si apreciamos el valor de la vida, y recordamos que no es permanente, hasta la muerte al fondo nos servirá de impulso. La muerte como calidad de vida. La muerte como recordatorio de la fragilidad de la vida y de que hoy mismo es el mejor momento para convertirnos en mejores personas y aportar a la felicidad propia y de los demás.

La vida por delante… hace que nos aferremos a cosas como si fueran a durar para siempre. Falso. El cambio está en nosotros y en la naturaleza de las cosas, y hoy es el mejor momento para examinar en lo más profundo lo que cuenta de verdad en mi vida. Para hacer fructífero todo lo que me quede.

Los sabios de la vida dicen que si nos dejamos llevar por los caprichos instantáneos será imposible obtener algo perdurable. Que nos encanta enmascarar los que nos frustra de nuestra vida con actividades continuas, experiencias, obsesión con el éxito y los bienes materiales. Y al final la realidad emerge con su tanda de sufrimientos, y uno muestra lo que es y ve que la felicidad no era eso. Evolucionemos. Cambiemos al menos nuestro modo de percibir lo que pasa.

El presente es lo único continuo. Vivámoslo con lucidez, atentos a cómo hacemos cada tarea. Sin películas mentales. Desde hoy.

 

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Todo es más sencillo

“Al final de la vida,/ no sin melancolía,/ comprobamos/ que, al margen ya de todo,/ vale la pena./ Poco de lo restante prevalece”. No hace falta esperar a “Finalmente”, como en el poema de Ángel González, para ver que todo es más sencillo de lo creemos. Que somos nosotros, con nuestra impaciencia y nuestra sed de todo, los que tomamos la vida al asalto, y le inyectamos una gravedad insoportable.

Ese gendarme interior, que es nuestro ego, siempre quiere resultados, y hace que no disfrutemos de los actos en sí, sino del resultado. “¿Qué voy a sacar de esto?”. Y por eso elegimos atajos a veces, para llegar a nada. Y vamos por la vida serios, como ausentes, con cara larga y ganas de poco.

Todo es más sencillo y divertido, si te tomas la vida como un juego y te relajas. Evitarás que la consciencia se convierta en tensión. Sin comer puedes vivir unos tres meses, pero sin dormir en tres semanas habrás perdido la cabeza. Relájate. No necesitas estar consciente 20 horas al día. Disfruta de la inconsciencia. Aprende a descansar. Disfruta la felicidad y, cuando se vaya, por el avatar que sea, experimenta la tristeza también.
La vida es cambiante y puede ser sencilla, si no te identificas con lo que pasa en cada momento. Apura la felicidad, y experimenta la profundidad de la tristeza, y deja que ambos sean estados cambiantes. Como dice el maestro zen Osho: la mañana se vuelve mediodía, el mediodía se convierte en tarde, y la tarde en noche.

Celebra la vida. La tuya. Que no te pase como al de aquel poema de Ángel González, que “quisiera estar en otra parte,/ mejor en otra piel,/ y averiguar si desde allí la vida,/ por las ventanas de otros ojos,/ se ve así de grotesca algunas tardes”. Feliz año 2019.

 

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Atiende a la respiración

La respiración es como un ancla para sentir el cuerpo bajo las agitaciones típicas de la mente. Sin pretender nada, solo atentos a nuestra respiración, se presentarán la calma, la relajación, la estabilidad. La agitación se quedará en la superficie.

El doctor Kabat-Zinn nos propone concentrar nuestra atención en la respiración y ver lo que sucede mientras intentamos mantenerla ahí. En sus meditaciones guiadas para pacientes con dolor crónico y distintas dolencias, el doctor incita a acercarnos a nuestra respiración como si fuera un animal tímido en el silencio de un claro del bosque.

Prestar atención es eso: atenderla. No es forzar. Ni empujar nada. Si te pasa como a mí que no habías pensado en la respiración ni un solo segundo, salvo en un esfuerzo deportivo máximo o un momento de enfermedad, la tarea te sorprenderá. Ahí estará nuestra respiración entrando y saliendo del cuerpo, como siempre. Atención en las ventanillas de la nariz: la sensación del aire al pasar. En el pecho y el abdomen, que se hinchará y deshinchará con la inspiración y la espiración, si estás relajado.
Tranquilizador

No se trata de “pensar” en la respiración. Meditar es tener conciencia de la respiración, sentir lo relacionado con ella y atender a la variedad de sus cualidades. Podemos empezar con las sensaciones en el vientre, además de en las ventanillas de la nariz o el pecho. Será tranquilizador. Centraremos la conciencia en esa zona.

Si nos concentramos en la respiración en nuestro estómago, sintonizaremos con una zona del cuerpo que está por debajo de las agitaciones de la mente pensante, que es más tranquila, “como el océano a partir de los 4 metros de profundidad: solo un suave balanceo, no como en la superficie, donde el simple viento produce oleaje”, explica el doctor Kabat-Zinn.
Paz y desenfoque

Tener conciencia de la respiración nos servirá para localizar un centro de paz en nosotros. Algo magnífico en esta era de estrés punta. Obtendremos una nueva perspectiva, al tener la mente tranquila y estable: veremos con más claridad y actuaremos desde ahí, desde el equilibrio, en lugar de hacerlo desde el oleaje y demás agitaciones mentales. El estómago es el centro de gravedad de nuestro cuerpo.
¿Ojos cerrados? No es estrictamente necesario atender a la respiración con los ojos cerrados. Podemos tenerlos abiertos pero desenfocados con la vista puesta en el suelo. Se trata de aplicar la sensibilidad: lo mismo que al comernos una pasa en atención plena: siendo conscientes de los que sentimos en cada momento.

 

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Pase lo que pase

Tu actitud la decides tú. No esperes a que otros te motiven, como hace la mayoría. Las circunstancias están ahí pero no son las culpables de cómo afrontas la vida. Da igual lo que pasó ayer y anteayer: tú decides cómo te lo tomas y qué haces con lo que te pasa. No son las cosas las que nos perturban: es nuestra opinión sobre las cosas la que nos hace seguir adelante o no seguir. El gran psiquiatra Victor Frankl, superviviente de los campos de concentración nazi, decía que la última de nuestras libertades es decidir nuestra actitud ante cualquier circunstancia.

Por eso la actitud es la norma para la felicidad y el éxito. No es la aptitud. Y la actitud con ce se nota hasta en tu círculo: si tu actitud es pobre, no esperarás estás rodeado de optimistas. Atraemos a la gente como nosotros, no a la gente que nos interesa. Demos entusiasmo a los nuestros y será el mejor legado.
Por cierto que mantener una buena actitud es
más fácil que recuperarla: la autocompasión es una devoradora insaciable. ¿En qué piensas cada día? ¿Cómo es esa vocecita o vocecillas interiores que te dan la matraca cuando estás solo? ¿Piensas en el fracaso, cuando afrontas una nueva experiencia, o en el éxito? Cuando te reúnes con personas, ¿tienes la impresión de que te decepcionarán?

Pon mensajes positivos en tu vida. Si cambias la actitud mental cambiarás tu vida. Pase lo que pase.

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