Aumentan los casos de menores que se fugan de casa: SOS Desaparecidos pide que sea delito acogerlos

En el momento de escribir estas líneas había al menos tres menores que se han fugado de cada en Madrid.

Ángel G.S., que se fue de su domicilio en Boadilla del Monte el domingo; tiene solo 15 años y ese día vestía camiseta blanca, pantalón negro y zapatillas bancas tipo Jordan. No es la primera huida de casa y en casos anteriores se refugió en casas de amigos.

SOS Desaparecidos

Fátima E.I. salió de la casa familiar en Collado Villalba este jueves por la tarde, y los padres no han sabido nada desde entonces. Tiene 17 años, mide 1,60 de estatura, tiene el pelo negro, ojos marrones y lleva turbante.

El tercer desaparecido se llama Daniel Alexander M.P. Tiene también 17 años, mide 1,70 metros de altura, complexión atlética, y tiene el pelo rizado y castaño oscuro. Su familia tampoco sabe dónde está.

El presidente de SOS Desaparecidos, Joaquín Amills, dice que cada vez hay más casos de menores y que por fortuna el 90 por ciento de ellos aparece y vuelve a casa. La mayoría se esconde y duerme en casas de amigos o de conocidos. Y lo más reseñable: hay connivencia de adultos.

Amills pide cambios legales y actuación policial contra los adultos que acogen a menores que se han fugado de casa. Y solicita también a la Fiscalía de Menores que actúe contra los chicos y chicas que se fugan de forma reiterada, por la alarma y por el coste presupuestario que este comportamiento irresponsable tiene en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad.

El presidente de SOS Desaparecidos propone además la realización de unas jornadas sobre menores que se fugan de casa, en la que participen familias y profesionales, desde la Policía a la Fiscalía y los Centros de Menores.

“Al león no le importan las opiniones de las ovejas”. 15 frases de Juego de Tronos en el confinamiento

Espigamos 15 frases de la serie Juego de Tronos, tras verla al completo durante el confinamiento. Dejamos las frases sueltas, colgando, sin contexto de capítulo, temporada o personaje, para extraerlas de la ficción y que puedan servir de algo también a quienes no han visto la serie.

—Te voy a dar un consejo, bastardo. Nunca olvides quién eres. Total, ellos tampoco lo harán. Úsalo como armadura y así nunca podrán herirte—.

—Se avecina una guerra. No sé cuándo ni sé contra quién, pero se avecina—.

—Un día serás rey y la verdad será lo que tú digas—.

—Al león no le importan las opiniones de las ovejas—.

—El poder reside donde los hombres creen que reside. Es un truco, la sombra en la pared. Y un hombre pequeño puede proyectar una gran sombra—.

—La única manera de que los tuyos no huyan en los momentos difíciles es que te teman más a ti que al enemigo—.

—Es extraño: no importa lo que queramos, que cuando lo conseguimos ya queremos otra cosa…—.

—Cuando veo lo que el deseo hace a las personas, me alegro de no participar de eso. La ausencia de deseo te permite perseguir otras cosas importantes—.

—Puedes conseguir lo que quieres de los demás, no torturándolos, sino haciéndolos felices—.

—Nuestro error es creer en los hombres equivocados—.

—Deja vivo a un lobo y todas las ovejas estarán en peligro—.

—Los plebeyos que catamos el poder, somos como el león que ha catado al hombre: nada más sabroso…—.

—A veces la tragedia es necesaria para restaurar el orden—.

—A veces hay que dar tiempo para los que se equivocan mediten sus errores: en una celda fría, en un confinamiento largo—.

—Cuando intento entender las razones de una persona, juego a algo: me pongo en lo peor y me pregunto: ¿Cuál es la peor razón que tiene para decir lo que dice y hacer lo que hace? Y luego me pregunto si esa razón explica realmente bien lo que dice. Y lo que hace. ¿Qué es lo peor que puede querer?—.

Coronavirus: Consejos para el confinamiento de un astronauta que pasó casi un año en el espacio

Scott Kelly es un astronauta retirado de la NASA. Vivió casi 12 meses en la Estación Espacial Internacional. Sin poder salir, o sea como nosotros ahora para evitar el coronavirus. Detalles que le confortaban: esos 5 minutos en que miraba las flores experimentales que cultivaba en el espacio. O fijarse una hora para irse a dormir, esencial para el estado de ánimo.

—En la estación espacial todo mi tiempo estaba agendado, desde el momento en que despertaba hasta la hora de ir a dormir —cuenta en el New York Times—. Verás que seguir un plan te ayudará a ti y a tu familia a adaptarse a un entorno distinto. Cuando regresé a la Tierra, extrañé la estructura que esto me proporcionaba y después me pareció difícil vivir sin esta organización.

Las pausas son fundamentales, pausas porque-tú-lo-decides: sin deberes de los niños, sin teletrabajo, sin tareas de la casa, sin lamentaciones, incluso.
—Cuando vivía en el espacio, tomaba pausas de manera deliberada porque sabía que estaría ahí durante un largo periodo, justo como la situación en que ahora estamos —dice el antiguo astronauta.

La hora del sueño importa: fija una y repítela, aunque no estés cansado.
—Los científicos de la NASA estudian de cerca el sueño de los astronautas cuando estamos en el espacio y han descubierto que la calidad del sueño se relaciona con la cognición, el estado de ánimo y las relaciones interpersonales, que son esenciales para superar una misión en el espacio o una cuarentena en casa.

Y que no falten actividades para pasarlo bien.
—Toma tiempo para realizar actividades divertidas: yo me reunía con colegas de la tripulación para ver películas por la noche, y vi todas las temporadas de Juego de tronos dos veces.

Tras meses encerrado en habitáculo, Scott Kelly empezó a echar de menos la naturaleza, de ahí el influjo que tenía esos cinco minutos con sus flores experimentales. Recuperar sensaciones que nos llenan y que ahora no tenemos.
—Comencé a anhelar la naturaleza: el color verde, el olor de la tierra fresca y la sensación del sol cálido en mi rostro (…). A mis colegas les gustaba reproducir una y otra vez una grabación con sonidos de la Tierra, como los de las aves, el que hacen los árboles cuando los agita el viento e incluso el de los mosquitos —dice. A veces me daba palmadas en la orejas para espantar a los mosquitos imaginarios.

El astronauta aconseja que nos movamos, por salud física y también mental, y tener algún pasatiempo: manualidades, algo creativo, practicar algo nuevo vía internet, por ejemplo.

Y un detalle que cuenta en su artículo en el New York Times: leer un libro en papel.
—A algunas personas les sorprendió que me llevara libros al espacio. La distracción silenciosa que te proporciona un libro físico es incalculable: no hay hay alertas, notificaciones ni te da la posibilidad de abrir otra pestaña.

Ni cracks ni cavernícolas: Agrolab

Ser joven y decir “soy agricultor” en la discoteca de un pueblo, era el camino hacia un ahí-te-quedas-cavernícola. Decir ”Soy agricultor” en la ciudad suponía ingresar en la categoría de crack. Este descubrimiento de los técnicos de la Comunidad de Madrid fue la señal que generó Agrolab, el Laboratorio de Agricultura Abierta, que se propone relacionar innovación, personas y campo. Acaba de abrir sede en Móstoles, en el vivero de El Soto. Con 24 parcelas individuales, gratuitas. Quedan algunas parcelas, por si te animas…

—Haciendo un estudio de por qué la gente joven no se incorporaba a la agricultura, supimos que cuando los jóvenes en los pueblos iban a las discotecas, si decían que eran agricultores, no ligaban. Aquello se nos quedó en el corazón (…) mientras en las ciudades, los jóvenes eran cracks si decían que eran agricultores— dijo hoy Alejandro Benito, responsable del proyecto Agrolab.

De las observaciones sobre el terreno salió una propuesta: espacios de investigación, acción y participación. Quedaba buscar lugares y públicos concretos.
—Buscábamos un término municipal paradigmático, con paro juvenil, con agricultura en retirada y donde crear un espacio para que la gente aterrizara lentamente en la agricultura —contó.

Primero fue Perales de Tajuña, en 2015. Luego El Escorial. Y ahora Móstoles, en el vivero del parque de El Soto. Hay 24 parcelas individuales de unos 50 metros cuadrados y una colectiva de 200 metros cuadrados, que usará Punto Omega. De momento hay 15 espacios asignados, a través de una convocatoria oficial con la que Móstoles buscaba gente menor de 40 años, en riesgo de exclusión social, renta mínima, y algo de experiencia en asuntos agrícolas.

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Como la demanda ha sido menor que la oferta, en Móstoles han admitido a gente de otros perfiles y aun así quedan espacios disponibles. El concejal de Transición Ecológica, Álex Martín, dijo que es mucho más que una huerta.
—Es un proyecto colectivo, donde los participantes podrán experimentar, formarse y hacer una pequeña comunidad.

Funciona con cesión gratuita por un año y material básico. Y el compromiso de los adjudicatarios de mantener el terreno, dedicarle al menos 5 horas semanales al trabajo, y participar en talleres formativos, a los que también está invitado el resto de la población.

—Es una apuesta —dijo el gerente del Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario (IMIDRA), Sergio López—. Aunque supone menos del 1 por ciento del Producto Interior Bruto de la Comunidad de Madrid, el campo es un sector estratégico. En Fuenlabrada queda mucho campo, en Móstoles, menos pero hay… y la gente del campo es honrada, humilde, trabajadora, responsable, muy buena gente y hay que apoyarla, cuidarla, mimarla.

—Es un proyecto muy bonito. La gente que trabaja está muy contenta. Casi que la agricultura queda en segundo plano. Es un proyecto de juntar personas y tener ideas; todas las propuestas e ideas serán bien recibidas. Toda la documentación que hay en Agrolab es para toda la sociedad. Es un proyecto único en el mundo. Cada Agrolab es distinto —dijo el responsable.

Por cierto, que buscando imágenes de los Agrolab en marcha, he visto que es el nombre de unos laboratorios ambientales con la matriz en Alemania y sede en varios países, incluido España.

“Si quito las cabras, me cuelgo de una viga”

Salir a correr por el campo entre Fuenlabrada, Móstoles y Alcorcón y descubrir sentado sobre una silla plegable a un pastor. No hay carrerita que no pueda esperar por una buena historia. Como la de José, “el cabrero de Fuenlabrada”. Me cuenta que tiene 14 cabras que le cuestan dinero pero le dan la vida, dos perros, y un mundo que ya no reconoce. Conversamos en mitad del campo. La perra Laila se le acerca. “Me está diciendo Vámonos…”. Es que ha parido y hoy han dejado la cachorrita en la nave y está inquieta…

—¿Se puede vivir de esto hoy? —pregunto
—Qué va… con las ovejas se vivía, que tuve 330. Pero las cabras… me cuestan a mí al año 2.000 euros.
—¿Y entonces?
—¿Qué puedo hacer? Tengo 71 años. La nave blanca esa de ahí y la casa y me da pena venderla. Me la compraba uno y me volví atrás a la hora de firmar. Me daba 30.000 euros… Ahora tengo 14 cabras. Este año voy a dejar solo los grandes y ya no voy a ordeñar… Quiero pero no puedo. Y me gusta esto tanto que, si las quito, me cuelgo de una viga —dice José, que habla lento y con mucho acento de Extremadura.

“Estoy loco porque lleguen las ocho para volver al campo”
El paseo por el campo con los animales es como vida extra para el cabrero.
—Yo ahora estoy bien aquí. No me duele na. Lo malo es la noche en el piso, en Alcorcón, tengo que levantarme cada dos horas. Estoy para operarme de los dos hombros y no me opero. Cada mañana salgo de casa y hasta que llego a la furgoneta lo paso mal-mal. Pero a las ocho ya en la nave, ahí empiezo a vivir. Los obreros están locos cada día porque lleguen las seis de la tarde para irse a casa y yo estoy loco porque vuelvan a llegar las ocho del día siguiente para volver al campo.

Está con las cabras hasta la una del mediodía. Vuelve a casa a comer. Y otra vez a la nave a las tres, a soltarlas un rato. En casa le espera su mujer Alicia.
—Está mu mala. Se mueve pero la dio como una trombosis. Y no tenemos a nadie más. Ni hijos ni nadie. Bueno tengo un sobrino y le dije que arregláramos lo de la nave y me contestó: y yo pa qué quiero esto.

“He tenido mucho de to: malo y bueno”
José lleva 30 años largos con ovejas y cabras. Llegó a 330 ovejas. En los ochenta. Hacia los noventa empezó a alquilar terreno y tuvo 400 hectáreas…
—Todo lo que hay de Fuenlabrada hasta aquí y de Móstoles a Leganés. Pero trabajabaaa, pufff… me acuerdo en el 2000, que no quería la paja nadie, y contraté una máquina y un tractor a medias, y 3.000 paquetes de paja tuve que acarrear con la furgoneta. Eché unos 70 u 80 viajes. He tenido mucho de to: malo y bueno.

—Aquí, en El Chaparral, me marqué una meta: empecé a alquilar, 80 hectáreas, 100 y en tres o cuatro años me hice dueño de to. Pero al marcar la carretera le pregunté a un encargado cuánto iban a tardar: 3 años. Bah, en 3 años las vendo. No las vendas, que te hacemos puentes para que pases con los animales. Y lo hicieron. Pero ya estaba cansado. Y eché cuatro cabrillas que tenía y compré 9 o 10 a un amigo y ya no quise más. He tenido hasta 50 en 2008 o 2009. Pero ya no, ya no quiero trabajar más. He trabajado de más. Para estar como estoy… estoy inválido de por vida… Pero no me quejo.

Le acompañan Laila y Curro. Acaricia a Laila.
—Esta no me engaña. Y me está diciendo Vámonos. Es que tiene una chica…
Laila tiene un cachorro. Y algunos días la sacan de paseo metida en el chaleco, pero hoy la han dejado en la cocina de la nave y la perra está deseosa de volver.

Llegué con 500 pesetas”

Antes de despedirnos me habla de cuando llegó a Madrid.
—Salí de Trujillo (Cáceres) con lo que ahora serían 3 euros, 500 pesetas. Trabajé haciendo zanjas en la estación de Pozuelo. A destajo. A duro la zanja. Y no me pagaron. Luis se llamaba el que no me pagó.

Tuvo oportunidades. Incluso de trabajar “de traje y corbata”… y sonríe con cara de estar pensando en esa-gente-que-trabaja-poco… jeje.
—Pero el destino es sagrado: he tenido las cartas en la mano y las he dejado caer…

Se levanta, pliega su silla, mira a las cabras… Y recupera el hilo:
—Dios no hay, pero destino sí… ¿Qué hora es? Ven y te enseño la casa. Tengo gallinas. Este año llegaré a los 100 pollos.
—Otro día, José, es tarde.

Y me quedo con lo del destino rebotando en los 4 kilómetros de vuelta. Se me había olvidado apagar el Endomondo. 33 minutos ahí paradazo. Al tacho con la velocidad media de carrera.
—Dios no hay, pero destino sí…

Un equipo milagroso: “¡Venga, que no pasa nada!”

Milagro: futbolistas de 10 años que disfrutan jugando incluso cuando pierden. Que es casi siempre. Se trata del equipo de fútbol alevín E de la Escuela Sergio Pachón & Antonio López, de Fuenlabrada. Una abuela ha hecho bufandas para las madres y los padres. En el último partido, con derrota por 9 goles a 0, los chicos salieron ovacionados de las instalaciones. ¿A que no sabéis por quiénes?

Fueron las madres y los padres los que aplaudieron uno por uno a los jugadores, según iban saliendo del campo. Y al entrenador, que lleva dos semanas con ellos y ha conseguido que suelten esa apatía que apretaría a cualquiera cuando ve que cae un gol y otro y otro.
—Algunos padres del otro equipo nos dieron la enhorabuena, que menudo ambiente, que qué manera de vivir los partidos —dice Uge.
—Estoy por apuntar ahí a mi hijo —dijo una madre del equipo contrario.

El entrenador alaba el entusiasmo de esos padres que un sábado quedan a las ocho y cuarto de la mañana para jugar a las 9 en Villanueva del Pardillo, contra el tercero de la clasificación, que les saca 34 o 35 puntos. Ellos van los últimos, pero no se arredran. Ni siquiera cuando, como el otro día, van solo los 11 que se necesitan para jugar y dos suplentes, que son porteros. De hecho uno de los porteros salió de jugador en el último cuarto de hora.
—Si yo no he jugado nunca fuera de la portería…
—No importa, hazlo lo mejor que puedas y disfruta— y salió con una sonrisa y disposición.

Y las madres y padres aplaudieron las veces que tocó el balón. Como durante el partido celebraron las ocasiones en que el equipo encadenó tres o cuatro toques.

Hugo recibió 5 goles en la primera parte. Samuel 4 en la segunda.
—¡Venga, que no pasa nada! —coincidían en el banquillo y en la grada.

Esfuerzo, alegría y deseo de ganar, claro, que lo conseguirán. La clasificación se les olvidará con los años, pero se acordarán, cuando la fatalidad les apriete de adultos, de que la vida está para disfrutarla.

Enhorabuena a Hugo, Samuel, Raúl, Lucas, Alejandro, Iker García, Rafa, Aitor, Marcos, Cristiano, Unai Rodríguez, Christian Royuela y Christian Crevillent. Y felicidades a esas madres y padres y a esa abuela que saben cómo hacer buena gente para el futuro, que falta hace.

“Nunca sabes lo valiente que puedes llegar a ser”

De niño sueñas sin miedo ni límite: “¡Iré a Marte!”. Al crecer, la valentía aparece y desaparece, como las amistades interesadas. El valor se esfuma, por ejemplo, cuando te diagnostican una enfermedad grave: ¡zas en todo el futuro! A Cara le pasó. Le desalentaron especialmente los consejos limitadores de los demás. Ella no hizo caso…

Se llama Cara E. Yar Khan y es una defensora de los derechos humanos y de la inclusión de la gente con alguna discapacidad en todos los ámbitos de la sociedad. Sí, porque Cara va hoy en silla de ruedas. Pero hace unos años no. Andaba, saltaba, bailaba como la mayoría. Le encantaba bailar.

Desde niña soñaba con trabajar en la Organización de las Naciones Unidas en los países en peor situación. Lo consiguió: con esfuerzo y valor. Todo iba con el guión más optimista hasta que a los veintipocos años empezó a sufrir caídas inexplicables. Fue a médicos y supo que tenía una enfermedad degenerativa que afecta a todos los músculos, una enfermedad rara que en los Estados Unidos, donde vive, no afecta ni a 200 personas. Un jarro de incertidumbre en la cara y una certeza: la enfermedad ocasiona tetraplejia, como le ha pasado.

—Fue una noticia terrible: no estaba familiarizada con enfermedades crónicas ni discapacidades. Pero lo más desalentador fue la gente que me daba consejos que acababan con mis sueños y ambiciones —dice—. Que debería dejar mi carrera internacional, que nadie se casaría conmigo, que sería egoísta tener hijos… Seguí adelante, me casé y decidí yo no tener hijos. Era ridículo inaceptable que alguien pusiera límites a mis sueños y aspiraciones.

Recién diagnosticada se fue dos años a Angola, que levantaba cabeza tras 27 años de guerra civil. Luego estuvo en Haití otros dos años, tras el terremoto, ayudando a gente con discapacidad en nombre de Unicef. Y a los 5 años… se lo contó a su jefe.
—Tenía miedo de que pusieran en duda mi capacidad de gestión y perder mi trabajo —admite.

El trabajo en ambientes desfavorecidos ayuda en todo. Nadie se fijaba en su cojera creciente ni en que las tareas y los trabajos más sencillos se hacía cada vez más complicados.

El peligro de la gente exigente es que si les salen bien las cabriolas hacen más. Cara empezó a soñar con una gran aventura al aire libre. Y pensó en el Grand Canyon y no en visitarlo como los millones de turistas con movilidad, sino en bajar a la base del cañón como solo hace el 1 por ciento.
—Lo único es que el Gran Cañón no es precisamente accesible, iba a necesitar ayuda para bajar los 1.500 metros de terreno vertical irregular.

¿Desalentada como cuando aquellos consejos basura? Nooo.
—Pensé: si no puedo bajar andando, pues aprenderé a montar a caballo. Me pasa que cuando me enfrento a los obstáculos el miedo no aparece de inmediato porque doy por sentado que lo superaré.

Empezó un compromiso de 4 años haciendo equilibrio entre el valor y el miedo. Y el resultado de una expedición con equipo de rodaje y todo: 12 días: 4 a caballo de punta a punta del cañón, y 8 de rafting para recorrer los rápidos del río Colorado.
—Preparándome aprendí que mis miedos más profundos podían crear una respuesta refleja de valentía equivalente.

El 13 de abril de 2018 allí estaba ella encaramada a un caballo llamada Sheriff, preparada para la aventura.
—Mi primera impresión del Grand Canyon fue de shock, de conmoción y miedo. ¿Quién podía imaginar que tenía miedo a las alturas? Pero ya no podía abandonar. Reuní hasta la última pizca de valor que había en mí. Lo único que podía hacer es respirar profundo y mirar hacia las nubes. Y concentrarme en las voces de mi equipo.

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Siguió pese al vértigo. En una posición frágil, hasta el punto de que en un desnivel se deslizó y se dió un golpetazo en la cara contra la cabeza del caballo.
—Todo el mundo se asustó, me dolía mucho la cabeza, pero el camino era demasiado estrecho para bajarme. No fue hasta dos horas después que pudimos parar y quitar el casco y ver las consecuencias…

Por cierto, que tanta planificación y nadie llevó hielo. La hinchazón dio la cara en forma de ojos amoratados. Dolor. Humor. Arriba otra vez, y así consiguió recorrer la ruta a caballo y dejó los rápidos para otra ocasión.
—La expedición me mostró un grado de miedo que nunca había sentido. Pero lo más importante es que nunca sabes lo valiente que puedes llegar a ser. Mi aventura no fue la de una amazona que recorre un camino plácido con épica de fondo. Fui yo llorando, agotada, exhausta y con los ojos morados. Fue estresante y… excitante.

Volverá a por los rápidos. Se ahorrará la ruta a caballo eso sí.
—La vida nos enseña a encontrar el equilibrio entre el miedo y el valor. Enfrentarme a mis miedos y encontrar el valor para superarlos hizo que mi vida sea extraordinaria. Vivid a lo grande. Intentad que vuestro valor tenga más peso que el miedo. Nunca sabes hasta dónde podrás llegar.

Hay una charla TEDx extraordinaria de Cara. Y un documental con la expedición. Y fotos de sus aventuras y desventuras.

“Preparar a mi hijo fue más duro que la amputación”

Lo más duro fue preparar a su hijo de 6 años para que la viera sin el brazo izquierdo.
—Mamá ya no va a poder hacer algunas cosas, pero al menos mamá ya no va a tener tantos dolores —le dijo. Como cuando el marido se marchó de casa unos meses antes, que hay personas que solo quieren cosas fáciles. Estela trabaja y sonríe mucho y ha desarrollado un sentido extra para lo práctico: —No es fácil hacerse una coleta con una mano…

Estela se llama Estela solo para estas líneas. Vive en el sur de Madrid, pero prefiero no decir su ciudad. Tiene una enfermedad en los huesos desde que nació. Ha sufrido miliuna operaciones. Y al final llegó la temida amputación, cuando su único hijo tenía 6 años.
—Mamá ya no va a ser la misma, ya no va a poder hacer algunas cosas, pero al menos mamá ya no va a tener tantos dolores—, le dijo.

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No olvida el momento en que el crío la vio sin brazo por primera vez. El miedo que ella tenía. Y la reacción del niño, maravillosa. No le dio importancia.
—¿Te duele? Te quiero, mami—un beso y como si nada.

Cuánto ha aprendido desde entonces y qué cantidad de descubrimientos a la fuerza…
—Me di cuenta de pronto de que ya no podía hacer algunas cosas que hacía con normalidad: lavarme el pelo, hacerme una coleta, abrocharme el sujetador…

Se ha ido rehaciendo, generando destrezas, poniéndole trucos a la vida. Ella incita:
—No es fácil hacerte la coleta con una mano.

Su madre le ha ayudado mucho. Y su fuerza de voluntad, su deseo de independencia. Estela estudió derecho y trabaja en labores administrativas. Cada día va a Madrid en transporte público y de vuelta se pega una buena caminata, para respirar. Ahora cada semana baja a la peluquería de su barrio, le lavan el pelo y le sirve para unos días.

La persona que me habló de ella la define valiente, lectora y muy lista. Ella le ha recomendado escribir un libro con todas las herramientas caseras que se ha montado para hacerlo todo sola con un brazo y con el menor revuelo posible.

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Los imprevistos la cuestan, con todo. Esa prenda que se le atasca y lo retrasa todo. Y eso que tiene un orden casi milimétrico, para evitar sorpresas.
—No sabes lo que es tener la vida programada y de pronto… no poderte abrochar y perder unos minutos y llegar tarde a un sitio —cuenta, con calma, sin victimismo. —Soy manca pero no tonta.

Paga su hipoteca, disfruta de los hijos y sueña con los días de playa. En casa agradece la ayuda municipal, una persona que limpia y plancha lo necesario.

Cada año aquel tipo que salió por piernas viene 15 días a España para ver al niño. Así es la vida. Lo tiene asumido, como el hecho de que quizás un día tenga que preparar al hijo para un mazazo más duro de la enfermedad, como antes le preparó para verla sin el brazo izquierdo. Se hace un silencio corto. Estela sonríe. La vida sigue. Y es preciosa.

***La foto es de recurso, para garantizar el anonimato.

“Eh, negro, vete a tu país”

Manuel ha nacido en el hospital antiguo de Móstoles. Tiene 27 años, un grado universitario y un contrato indefinido en una clínica. Manuel es negro. “Ni moreno ni de color”. Es viajero, deportista y adora su país, España. Desde el colegio ha sufrido mofas por su raza. Pero lo que más le sorprende es un fenómeno reciente: chicas y chicos jóvenes que por ejemplo cuando sale de fiesta le dicen al oído: “Eh, negro, vete a tu país”. Entonces se acuerda de aquel profesor retrógrado que al pasar en una excursión cerca de prostitutas negras…

—Íbamos de excursión, debía tener yo nueve o 10 años, y con el autobús pasamos por un sitio donde había un grupo de prostitutas negras. Mirar, las hermanas de Manuel, dijo. Y todos se rieron. Y yo también me reí, ahora lo recuerdo. Ah, mis hermanas, jajaja. Estaba tan acostumbrado a bromas de esas— dice.

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A Manu* le encanta la gente, la música, la comida de España, “la libertad”, y no ha pensado siquiera en visitar el país de origen de sus padres, Guinea. Sus padres viven en España desde hace décadas, por cierto.
—Soy español como tanta gente blanca y aquí en España somos acogedores pero sorprendentemente me encuentro a gente que se mete conmigo—.

Le pasa mucho al salir de fiesta, con su novia, blanca, y sus amigas. Manu es alto, fuerte, viste bien, no pasa desapercibido. Hace tres semanas…
—Estábamos en plena Castellana de Madrid. Se me acercó una chica de veintipocos años y me dijo al oído Eh, negro, vete a tu país, y yo me quedé con ganas de decirle Si estoy en mi país. Jóvenes que antes estaban calladitos, pensaran lo que pensaran, ahora se sienten con fuerza como para decirte que te marches—.

“Porque soy negro piensas que mi padre y mi madre se tienen que llamar Bunga Bunga o algo así. Todos reímos, mi compa se puso colorada”.

Manu tiene un humor ágil y buen corazón, por lo que es capaz de sacar a la buena gente de trampas en las que se meten por desconocimiento. Como aquella vez en que una compañera…

—Me llevo muy bien con ella. Me vio los nombres que llevo tatuados en los brazos, nombres españoles, y me preguntó: ¿Quiénes son? Pues son mi padre y mi madre. Anda ya, dijo ella, no me tomes el pelo. Y yo le dije Porque soy negro piensas que mi padre y mi madre se tienen que llamar BungaBunga o algo así. Todos reímos, mi compa se puso colorada—.

Son rémoras de la ignorancia. El aprendizaje con Manu es fácil. Como aquel día en que jugaron a buscar expresiones del lenguaje que se siguen manteniendo, y que tienen connotaciones peyorativas, claro:
—Salieron varias: ¡me estás poniendo negra! ¿te crees que soy negro? Trabajas como un negro… muy graciosas todas—, sonríe.

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En el trabajo todavía algún paciente, al verlo, prefiere elegir a otro sanitario. Y hay prejuiciosos que cuando ven un error en algún informe piensan que es cosa de Manu… Precisamente él, que es tan cuidadoso con el lenguaje. Ahora está haciendo un máster.
—Ya sé, ya sé: sí, soy el único negro allí, pero eso no tiene ningún significado para mí, es como si te dijeran cuántas mujeres hay, cuántas madres de tres hijos, cuántos… Lo que lamento es que la de la raza sea la causa que siempre se queda para después. Antes va la sostenibilidad, lo que sea…—.

Según escucho a Manu, me preocupa que mi hijo Dani, que tiene 4 años y rasgos filipinos-filipinos aunque ha nacido en España, tenga que sufrir las bromas de quienes no saben que uno de los valores más inspiradores y valiosos para el progreso del mundo es la diferencia. Peor para los ignorantes. Resistiremos.

*por deseo del protagonista, he cambiado el nombre y la edad.

Menos miedos: “¡Yo no soy marinera, soy capitana!”

La creatividad empieza por juntar dos cosas que no suelen ir juntas: tener menos de lo justo y ser feliz; no contentar siempre a todo el mundo y que te quieran… En Móstoles se han atrevido a juntar arte y familia. Los domingos por la mañana. Es gratis y empiezan ya con “¡Yo no soy marinera, soy capitana!”. Habrá un barco de cartulina y los niños de 5 a 12 años podrán “intervenirlo” y soltar miedos, sacar fuerzas…

El programa se llama FamiliARTE y ofrece visitas-taller para difundir la cultura y el ocio entre padres e hijos. Empieza este domingo 2 de febrero, en el centro cultural Villa de Móstoles. Y se repetirá los días 16 y 23 con la exposición de dibujo y pintura “¡Yo no soy marinera, soy capitana!”, de Almudena Castillejo.

Tras el recorrido por la muestra habrá un taller para que cada familia vuelque sus inquietudes, fortalezas, aficiones y miedos en un barco de cartulina, con dibujos, collages y otros elementos creativos. Es gratis y está pensado para familias con niños de 5 a 12 años. La actividad será de las 11.00 a las 13.00 y hay que apuntarse por correo electrónico (dinamizacionexposiciones@mostoles.es) o llamando al teléfono 916 493 791. Apresúrate que admiten solo 8 grupos familiares por sesión.

La creatividad ayuda a cambiar muchas cosas que damos por supuestas y que no funcionan. El deporte, los divertimentos digitales y hasta no hacer nada está bien, pero el arte ayuda a que nuestros niños piensen por sí mismos, que crezcan con un radar propio antimanipulación, y tengan criterio para saber distinguir entre la verdad y las patrañas que les esperan.

Aquí otra muestra de creatividad, de una exposición reciente en Móstoles: este libro envasado como la carne del súper. No era expresamente para críos pero la disfrutamos todos… Había poesía y se podía tocar ¡con guantes!

Quizás incluso se atrevan a seguir durante mucho años la senda de Alicia en el País de las Maravillas
—¿podría decirme qué camino debo tomar?—.
—eso depende en gran medida de adónde quieras ir— dijo el gato.
—no me importa mucho— respondió Alicia.
—entonces no importa hacia dónde vayas.