Fobias curiosas: “¿A qué huele aquí?”

Mi abuela Isabel tuvo que abandonar su casa porque le instalaron una cuadra muy cerca.
—Goyo, si que me quedo aquí me va a dar algo. Vámonos— le dijo a su marido.
Comenzaron ahí esa vida nómada que tanto disfrutamos los nietos (—¿cuándo les toca venir a Getafe?—, celebraba yo). No sabía entonces que existía la osmofobia, un miedo irracional a los olores por el recuerdo que evocan. Hay más fobias curiosas.

Es una sensibilidad a los olores. Mi hija Vera, de 7 años, no tiene osmofobia pero cuando suelta la frase maldita sabemos que algo explotará:
—¿A qué huele aquíiii?—
Porque tras detectar el olor, empieza la búsqueda del “culpable”. Últimamente el hermano pequeño es la víctima.
—Dani se ha hecho caca encima—
Suele ser falso y el pequeño filipino se revuelve y empieza la batalla cotidiana.

La osmofobia u olfatofobia se produce por relacionar el miedo con olores específicos. Le pasa a la gente con migrañas crónicas. Y se despierta con cualquier olor. Lo peor de todo es que los sufridores tienen la sensación paradójica de no poder alejarse de los olores que temen. No solo es el humo o el gas, son los zapatos, es el frigorífico, es la ropa, el dormitorio…

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La osmofobia es una de los miedos irracionales que nos hacen débiles. Otro de los que más llaman la atención es la eritrofobia: miedo a ruborizarse.
—Estoy harta de ponerme roja… Me voy a operar—
El rubor es una respuesta automática a las señales emocionales. La cirugía lo camufla pero tiene efectos secundarios como la sudoración excesiva. Naturalidad: me sonrojo, y qué.

Hay más fobias curiosas: miedo a aprender (sofofobia), miedo a las agujas (tripanofobia, que afecta al 15 por ciento de la población mundial), miedo a vomitar (emetofobia)… En algunos casos se aborda con una terapia intensa y sorprendente: tu peor pesadilla. Los resultados son asombrosos. Cualquier día hablamos de Nardone y sus logros.

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