ALCORCÓN/ Culpable por matar a tiros a dos personas en un bar de copas y herir a otra

Un jurado popular ha declarado culpable a Pablo P.Q. de matar a tiros a un hombre y una mujer en un bar de copas de Alcorcón, y de herir de bala al acompañante de la mujer fallecida.

Los hechos juzgados ahora ocurrieron el 19 marzo de 2017, cuando todavía los bares de copas funcionaban de madrugada. Sobre las 4.30 el acusado entró el bar de copas donde estaba el propietario, Ignacio J., y dos personas en la barra, María Teresa C.P. y su pareja, Anthony D.H.

“¡Muérete, muérete!”

Según lo expuesto en el juicio, el homicida cruzó unas palabras con Ignacio y salió despavorido del local… para volver a los pocos minutos ¡armado! Llevaba una pistola semiautomática con la que disparó mortalmente a Ignacio y después a María Teresa. Anthony se abalanzó sobre el verdugo para agarrarle y en el trance recibió un balazo en la pierna y varios golpes en la cabeza con un taburete y gritos de “muérete, muérete”.

En el forcejeo a Pablo se le cayeron la pistola y la gorra, y salió huyendo. Ignacio y María Teresa murieron, y Anthony se recuperó de las heridas.

Casi un año en búsqueda

La Policía tardó casi un año en dar con el paradero del homicida. Fue en febrero del año siguiente, cuando repostaba combustible y compraba alimentos en una estación de servicio de Guadarrama. Una desaparición larga y con causa: el jurado popular considera probado que una mujer ayudó a Pablo a evitar la detención durante meses.

En concreto sería una ex pareja quien le habría ayudado, según los indicios, con un lugar para dormir y con otros medios básicos para subsistir. Por eso, el jurado la acusa de un delito de encubrimiento.

Hijos menores de edad

El proceso, en la Audiencia Provincial, ha quedado visto para sentencia, a la espera de que el magistrado fije las condenas.

María Teresa tenía 39 años cuando la mataron, y un hija menor de edad. Ignacio tenía 52 años y dos hijos, uno menor de edad también. Aquella noche fatídica era el Día del Padre.

Héroe o culpable: “¿Fuiste tú, pusiste la bomba?”

Richard está en el lugar incorrecto en el momento inadecuado: detecta una mochila-bomba antes que la policía, ayuda a salvar unas vidas y las teles lo conviertan en héroe. Pero su aspecto no encaja: bigote a lo freddiemercury, obeso, vive con su madre y le obsesiona la seguridad… De héroe a sospechoso. ¿Cómo demuestras tu inocencia? Una historia real.

—¿Fuiste tú? ¿Pusiste la bomba?—

Richard Jewell murió de un infarto a las cuarentaypocos años. Después de pasar un suplicio: demostrar que no había puesto la bomba con la que murieron 2 personas en Atlanta, cuando los Juegos Olímpicos, y resultaron heridos más de 100.

Hasta un libro le querían escribir para que vendiera su papel en el parque Centenario durante un concierto. Gente que se lo inventa todo, lo escribe y luego busca al héroe para que firme el libro y sea un bestseller.

La nueva película de Clint Eastwood, el último cineasta clásico, recupera la historia real de Richard Jewell, la persecución que sufrió de los medios y sobre todo del FBI cuando se suscitó la duda de que pudiera haber puesto él la bomba.
—Es un tipo que siempre busca atención. No es el héroe que ustedes están creando— dijo el rector de una universidad en cuyo campus trabajó Jewell con un celo inusual. Vamos que hasta hacía controles en la carretera sin tener jurisdicción.

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Jewell no ha podido ver la reconstrucción que ha hecho Eastwood de su historia. De la vergüenza de unos medios de comunicación que igual te elevan sin medida que te hunden sin corazón. Y lo peor de la sospecha es cuando elementos de tu vida se alinean con la teoría de la culpabilidad. Porque Richard tenía un arsenal de armas en casa, porque le gustaba cazar y coleccionar. Y adoraba calzarse gorras y uniformes de seguridad, que cada cual tiene sus filias.
—¿Esperabas una invasión de zombis o algo así?—le dice el abogado al ver el despliegue de armas sobre la cama.

Ya le había advertido:
—Cuando tengas tu placa, no te conviertas en un imbécil—, le dice el que luego sería su abogado.
—No entiendo—.
—Sí, un poco de poder puede convertir a una persona en un monstruo—.

El FBI no sale bien parado. Pese a los agujeros iniciales:
—Siempre investigas al tipo que encontró la bomba, como al tipo que encontró el cadáver—, se justifican.
—¿Perteneces a algún grupo extremista, antigubernamental, grupo marginal—, preguntan en otro momento.

No es de extrañar que alguien suelte:
—La autoridad es lo que está ahí afuera esperando para comerte vivo–.

Cualquiera de nosotros podríamos ser Richard Jewell. Por más que seamos inocentes. La autoridad te mira hasta la basura. ¿Y los media? Su dictadura está en deciden lo que es noticia: ni más ni menos. Y en algunos psiquiátricos hay más criterio y menos ego que en algunas redacciones…