“Nunca sabes lo valiente que puedes llegar a ser”

De niño sueñas sin miedo ni límite: “¡Iré a Marte!”. Al crecer, la valentía aparece y desaparece, como las amistades interesadas. El valor se esfuma, por ejemplo, cuando te diagnostican una enfermedad grave: ¡zas en todo el futuro! A Cara le pasó. Le desalentaron especialmente los consejos limitadores de los demás. Ella no hizo caso…

Se llama Cara E. Yar Khan y es una defensora de los derechos humanos y de la inclusión de la gente con alguna discapacidad en todos los ámbitos de la sociedad. Sí, porque Cara va hoy en silla de ruedas. Pero hace unos años no. Andaba, saltaba, bailaba como la mayoría. Le encantaba bailar.

Desde niña soñaba con trabajar en la Organización de las Naciones Unidas en los países en peor situación. Lo consiguió: con esfuerzo y valor. Todo iba con el guión más optimista hasta que a los veintipocos años empezó a sufrir caídas inexplicables. Fue a médicos y supo que tenía una enfermedad degenerativa que afecta a todos los músculos, una enfermedad rara que en los Estados Unidos, donde vive, no afecta ni a 200 personas. Un jarro de incertidumbre en la cara y una certeza: la enfermedad ocasiona tetraplejia, como le ha pasado.

—Fue una noticia terrible: no estaba familiarizada con enfermedades crónicas ni discapacidades. Pero lo más desalentador fue la gente que me daba consejos que acababan con mis sueños y ambiciones —dice—. Que debería dejar mi carrera internacional, que nadie se casaría conmigo, que sería egoísta tener hijos… Seguí adelante, me casé y decidí yo no tener hijos. Era ridículo inaceptable que alguien pusiera límites a mis sueños y aspiraciones.

Recién diagnosticada se fue dos años a Angola, que levantaba cabeza tras 27 años de guerra civil. Luego estuvo en Haití otros dos años, tras el terremoto, ayudando a gente con discapacidad en nombre de Unicef. Y a los 5 años… se lo contó a su jefe.
—Tenía miedo de que pusieran en duda mi capacidad de gestión y perder mi trabajo —admite.

El trabajo en ambientes desfavorecidos ayuda en todo. Nadie se fijaba en su cojera creciente ni en que las tareas y los trabajos más sencillos se hacía cada vez más complicados.

El peligro de la gente exigente es que si les salen bien las cabriolas hacen más. Cara empezó a soñar con una gran aventura al aire libre. Y pensó en el Grand Canyon y no en visitarlo como los millones de turistas con movilidad, sino en bajar a la base del cañón como solo hace el 1 por ciento.
—Lo único es que el Gran Cañón no es precisamente accesible, iba a necesitar ayuda para bajar los 1.500 metros de terreno vertical irregular.

¿Desalentada como cuando aquellos consejos basura? Nooo.
—Pensé: si no puedo bajar andando, pues aprenderé a montar a caballo. Me pasa que cuando me enfrento a los obstáculos el miedo no aparece de inmediato porque doy por sentado que lo superaré.

Empezó un compromiso de 4 años haciendo equilibrio entre el valor y el miedo. Y el resultado de una expedición con equipo de rodaje y todo: 12 días: 4 a caballo de punta a punta del cañón, y 8 de rafting para recorrer los rápidos del río Colorado.
—Preparándome aprendí que mis miedos más profundos podían crear una respuesta refleja de valentía equivalente.

El 13 de abril de 2018 allí estaba ella encaramada a un caballo llamada Sheriff, preparada para la aventura.
—Mi primera impresión del Grand Canyon fue de shock, de conmoción y miedo. ¿Quién podía imaginar que tenía miedo a las alturas? Pero ya no podía abandonar. Reuní hasta la última pizca de valor que había en mí. Lo único que podía hacer es respirar profundo y mirar hacia las nubes. Y concentrarme en las voces de mi equipo.

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Siguió pese al vértigo. En una posición frágil, hasta el punto de que en un desnivel se deslizó y se dió un golpetazo en la cara contra la cabeza del caballo.
—Todo el mundo se asustó, me dolía mucho la cabeza, pero el camino era demasiado estrecho para bajarme. No fue hasta dos horas después que pudimos parar y quitar el casco y ver las consecuencias…

Por cierto, que tanta planificación y nadie llevó hielo. La hinchazón dio la cara en forma de ojos amoratados. Dolor. Humor. Arriba otra vez, y así consiguió recorrer la ruta a caballo y dejó los rápidos para otra ocasión.
—La expedición me mostró un grado de miedo que nunca había sentido. Pero lo más importante es que nunca sabes lo valiente que puedes llegar a ser. Mi aventura no fue la de una amazona que recorre un camino plácido con épica de fondo. Fui yo llorando, agotada, exhausta y con los ojos morados. Fue estresante y… excitante.

Volverá a por los rápidos. Se ahorrará la ruta a caballo eso sí.
—La vida nos enseña a encontrar el equilibrio entre el miedo y el valor. Enfrentarme a mis miedos y encontrar el valor para superarlos hizo que mi vida sea extraordinaria. Vivid a lo grande. Intentad que vuestro valor tenga más peso que el miedo. Nunca sabes hasta dónde podrás llegar.

Hay una charla TEDx extraordinaria de Cara. Y un documental con la expedición. Y fotos de sus aventuras y desventuras.

“Preparar a mi hijo fue más duro que la amputación”

Lo más duro fue preparar a su hijo de 6 años para que la viera sin el brazo izquierdo.
—Mamá ya no va a poder hacer algunas cosas, pero al menos mamá ya no va a tener tantos dolores —le dijo. Como cuando el marido se marchó de casa unos meses antes, que hay personas que solo quieren cosas fáciles. Estela trabaja y sonríe mucho y ha desarrollado un sentido extra para lo práctico: —No es fácil hacerse una coleta con una mano…

Estela se llama Estela solo para estas líneas. Vive en el sur de Madrid, pero prefiero no decir su ciudad. Tiene una enfermedad en los huesos desde que nació. Ha sufrido miliuna operaciones. Y al final llegó la temida amputación, cuando su único hijo tenía 6 años.
—Mamá ya no va a ser la misma, ya no va a poder hacer algunas cosas, pero al menos mamá ya no va a tener tantos dolores—, le dijo.

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No olvida el momento en que el crío la vio sin brazo por primera vez. El miedo que ella tenía. Y la reacción del niño, maravillosa. No le dio importancia.
—¿Te duele? Te quiero, mami—un beso y como si nada.

Cuánto ha aprendido desde entonces y qué cantidad de descubrimientos a la fuerza…
—Me di cuenta de pronto de que ya no podía hacer algunas cosas que hacía con normalidad: lavarme el pelo, hacerme una coleta, abrocharme el sujetador…

Se ha ido rehaciendo, generando destrezas, poniéndole trucos a la vida. Ella incita:
—No es fácil hacerte la coleta con una mano.

Su madre le ha ayudado mucho. Y su fuerza de voluntad, su deseo de independencia. Estela estudió derecho y trabaja en labores administrativas. Cada día va a Madrid en transporte público y de vuelta se pega una buena caminata, para respirar. Ahora cada semana baja a la peluquería de su barrio, le lavan el pelo y le sirve para unos días.

La persona que me habló de ella la define valiente, lectora y muy lista. Ella le ha recomendado escribir un libro con todas las herramientas caseras que se ha montado para hacerlo todo sola con un brazo y con el menor revuelo posible.

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Los imprevistos la cuestan, con todo. Esa prenda que se le atasca y lo retrasa todo. Y eso que tiene un orden casi milimétrico, para evitar sorpresas.
—No sabes lo que es tener la vida programada y de pronto… no poderte abrochar y perder unos minutos y llegar tarde a un sitio —cuenta, con calma, sin victimismo. —Soy manca pero no tonta.

Paga su hipoteca, disfruta de los hijos y sueña con los días de playa. En casa agradece la ayuda municipal, una persona que limpia y plancha lo necesario.

Cada año aquel tipo que salió por piernas viene 15 días a España para ver al niño. Así es la vida. Lo tiene asumido, como el hecho de que quizás un día tenga que preparar al hijo para un mazazo más duro de la enfermedad, como antes le preparó para verla sin el brazo izquierdo. Se hace un silencio corto. Estela sonríe. La vida sigue. Y es preciosa.

***La foto es de recurso, para garantizar el anonimato.

El asaltante de abuelas en Móstoles y el caso de la sorprendente Willie

La policía nacional de Móstoles ha detenido al delincuente que robó con violencia a 18 mujeres mayores. El individuo aprovechaba el camino de vuelta desde el supermercado y las asaltaba en el portal: adiós pendientes, anillos y cualquier objeto de valor. Lo buscaban desde abril. A estos cobardes se les quitarán las ganas de atacar a nuestras madres y abuelas el día en que se topen con mujeres como Willie Murphy, que a sus 82 años mandó al hospital al tipo que la intentaba robar en casa. Se cebó un poco incluso…

Le pasó a un joven de 28 años. Entró en el hogar de una anciana, convencido de que no habría contratiempos, y se topó con una mujer vieja y ligera que… ¡le reventó una mesa de madera en la cabeza! Después le golpeó con el palo del cepillo y finalmente le vació en la cara un envase que tenía a mano: tuvo suerte el tipo de que fuera champú. Willie fue culturista y a sus 82 años aún levanta 100 kilos en peso muerto, por lo que no tuvo problema en alzar la mesa y estampársela al visitante en las narices. Ocurrió en la ciudad de Rochester, en el estado de Nueva York. Cuentan que la mujer dijo:

—Estoy sola y soy vieja pero, ¿sabes qué? pues que soy dura— y con sus menos de 50 kilos de peso lo mandó al hospital bajo arresto.

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El atacante detenido en Móstoles abordaba a las ancianas por la espalda, las agarraba con violencia y se llevaba el dinero y el oro. Aunque el contacto visual apenas existía, las víctimas lograron dar una descripción a la policía que condujo a la detención.

Atacar a abuelas es un clásico en la lista de ladrones perezosos, sin escrúpulos -y sin madre, supongo. Pero los hay peores: revisando he encontrado caso de robos incluso de juguetes recogidos por Cáritas para ayudar a los Reyes Magos entre los niños de familias en apuros.

Avatares de una guerrera tímida: karting, tumor falso…

Catalina Franco es una guerrera. ¿Que no llego a metro y medio de estatura? Pues me saco el carné de bus y veréis lo alta que estoy. Y, por si os parece poco, pues estudio mecánica y me especializo en verificar motores de dos tiempos en los campeonatos de España de karting. Esa es “Cathy”. Desde hace siete años además vende pisos. Para qué ir a lo fácil…

—Me casé muy joven, y tuve a mi hijo con casi 25 años. Vine de Bélgica con 9 años y para mí fue un trauma que me convirtió en un personita tímida e introvertida; fui capaz de superarlo después de mucho esfuerzo y años, y en parte con teatro— recuerda.

—Para seguir demostrándome que era capaz de hacer lo mismo que los demás a pesar de no llegar al metro y medio, me saque el carné de bus, aprendí mecánica y así acabe verificando motores de dos tiempos en los Campeonatos de España de Karting— cuenta.

Hace siete años además se especializó en algo inédito para ella: la venta de viviendas y locales, en un momento en que no se vendían ni almas al diablo. Hoy es una de las asesoras inmobiliarias que más vende en el equipo de Remax Premium Villaviciosa, lo que seguro que no extraña a su marido y sus dos hijos.

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Catalina consigue lo que se propone. Ella se lo atribuye a la buena suerte de aquel trébol de 4 horas que encontró en Bélgica, cuando tenía 8 años.

—Me convencí de que tenía mucha suerte, a pesar de lo mal que nos fue aquí en España, y esa sensación quedó grabada en mi interior desde pequeña—dice. Suerte para ella y para los demás. —Mi filosofía es: ayuda todo lo que puedas, porque de lo que das recibes con creces.

Tiene dos hijos que mima con esa ternura que solo una guerrera auténtica puede aportar. Un error con el diagnóstico del falso tumor cerebral de su hijo mayor le hizo pasar un infierno y también le ayudó a reconsiderar prioridades. Desde entonces es “más consciente y sensible”.

—De hecho ya no como carne, no soy capaz— sonríe, natural.

Cuando la conocí hace unos años me encantó su visión: me veo en el futuro viviendo con mi marido en el mar. No sé si se acuerda, siquiera. Yo sí.

Mujeres valientes: “A veces me faltan fuerzas para seguir adelante”

Si hubiera un lugar para las mujeres-valientes-que-no-saben-que-lo-son, ahí estaría Verónica (prefiero ocultar su nombre real). Esta mujer sonriente y de manos fuertes, se quedó sola con su niña y su niño muy pequeños en Móstoles, en esa etapa en que toda ayuda es poca. El cobarde puso mar de por medio y ahí quedó ella con un trabajo inestable de limpiadora, la rebeldía de los hijos que crecen, y el ansia por asegurarles un mañana mejor. Hace unas semanas me la crucé en la Renfe. Estaba agobiada.

“Estoy cansada de no saber si voy a tener trabajo la semana próxima. Y lo que me ofrecen es por la tarde y yo no quiero dejar a los niños solos. A veces me faltan fuerzas para seguir adelante”, me contó al pie de las escaleras automáticas. Un suceso reciente en el piso de al lado le sacó miedos de protectora. “¿Y si les pasa algo?”, dijo. Así que por temporadas va a un centro sanitario y, en las horas disponibles, limpia en casas, a veces de punta a punta de la región.

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Cosas corrientes como que los hijos peleen entre ellos y se ridiculicen en casa se puede convertir en algo irrespirable cuando estás cansada y no sabes qué va a ser de tu vida en las próximas semanas: si podrás pagar el alquiler, si podrás llevarlos algún día a la piscina que les gusta tanto. “Hay tardes en que tengo ganas de asesinarlos”, dice. O pospones la visita de los amigos de los niños a casa porque no quieres que vean tus apreturas, que la casa es muy pequeña y otros detalles sin mayor relevancia. “Es que no quiero que mis hijos sufran con algún comentario”.

Verónica disfruta mucho cuando la hija mayor sueña. Y le gustaría retrasar un poco más la llegada del wifi a casa. “Necesitan internet para las tareas pero a mí me cuesta lo de la informática y sé que hay muchos peligros”, dice.

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Si tuviera que apostar por que esta mujer y sus hijos saldrán adelante y conseguirán cosas que ahora le parecen impensables, lo haría sin dudarlo. Hoy quiero simplemente hacer un reconocimiento público, a través de Verónica, a esta estirpe de mujeres valientes que están dando a sus hijos unos valores que no caducan, en unas circunstancias muy complicadas.

Por cierto, hay una web dedicada a las mujeres valientes, que me parece muy interesante. Mujeres valientes