Entender las cosas mejor que los demás

Todos necesitamos un blanco al que dirigir nuestra imaginación (en vez de tanto dardo). Ese objetivo, que nos mantiene vivos, se consigue de dos maneras: con suerte o entendiendo las cosas mejor que la mayoría. La suerte es algo complicado de programar, así que mejor centrarnos en mejorar la comprensión.

La vida en el barrio, en el distrito, en la ciudad, en la Comunidad, en el país, el continente y el mundo… sería más llevadera si todos entrenáramos un pensamiento perspicaz. Pensar de forma simplista y superficial es fácil: al pensador de primer nivel le vale con una opinión sobre el futuro, una previsión favorable le hace pensar que lo suyo mejorará. Sin embargo, el perspicaz es profundo, complejo, enrevesado: ¿quién dice que habrá un escenario futuro y no varios? ¿Cuál sucederá? ¿Qué probabilidad tengo de estar en lo cierto? ¿Mis expectativas son distintas a las del consenso?

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El inversor Howard Marks explica cómo funciona un pensamiento perspicaz: frente a quienes razonan en plan “se trata de una buena inversión, compremos acciones”, los perspicaces dicen “es una buena compañía pero todo el mundo opina que es una compañía fantástica cuando en realidad no lo es, por lo tanto la acción está sobrevalorada. ¡Vendamos!”.

El inversor Howard Marks explica cómo funciona un pensamiento perspicaz: frente a quienes razonan en plan “se trata de una buena inversión, compremos acciones”, los perspicaces dicen “es una buena compañía pero todo el mundo opina que es una compañía fantástica cuando en realidad no lo es, por lo tanto la acción está sobrevalorada. ¡Vendamos!”.

Otro ejemplo. El pensamiento básico: “La información indica que va a haber un entorno de bajo crecimiento y aumento de la inflación. ¡Deshagámonos de nuestras acciones!”. Frente al pensamiento perspicaz y su agudeza: “Las perspectivas son muy malas, pero todos los demás van a vender presos del pánico. ¡Compremos!”. Desde Vértigo queremos impulsar un movimiento para pensar con sensatez, con perspicacia. ¿Te crees capaz de pensar mejor que el consenso? Lo vas a notar en lo minoritario que te sientes a ratos: porque los pensadores simplistas piensan de la misma manera que otros pensadores simplistas y claro suelen llegar a parecidas conclusiones.

Recompensas y riesgos

Jugarse la piel es, en trazo grueso, evitar que otros paguen el precio de tus errores. ¿Conoces a gente que pague el paquete de sus equivocaciones? Pues de ello va esta sección de Vértigo. Jugarse la piel es vivir con responsabilidad: si yerro, pago. Imagina que en la política, tan revuelta, cundiera ese ejemplo: voy a implantar esta reforma para reducir el paro. Si no lo consigo, me marcharé a casa, dejaré que otra persona aplique sus fórmulas. Aplausos.

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Jugarse la piel es poner algo de ti en lo que haces: la empresa demoscópica que hace sus sondeos: si se equivoca, tendrá que pedir disculpas y devolver el dinero. Los opinadores: “Estoy seguro de que Pedro Sánchez va a…”. Si no se produce, que el opinador pida disculpas y se dedique a otra cosa: los vaticinios no son lo suyo. Empezaría a escucharse más: No sé… y de ahí a la sabiduría.

Jugarse la piel es vivir sin esa red blanda que está empobreciéndolo todo: la del nunca-pasa-nada. ¿Digo y no cumplo? Va, si a la gente se le olvida. Es vivir con autenticidad. Es decir darlo-todo y darlo. Jugarse la piel tiene algo de carácter: es que no haya brecha entre lo que digo y lo que hago. Difícil, pero no imposible. Un libro dice que te va a enseñar a hacerte rico: ¿Es rico el autor? ¿No? Pues a la trituradora el libro, como mínimo por no aplicarse sus propios consejos.

Un mundo que se juega la piel será menos lacrimógeno, menos mercadotécnico y más sincero. “Esto es cáncer y no sé si te podré salvar la vida”. Y a partir de ahí tú decides lo que haces: llorar, vivir como si el mundo se acabara, serenarte.

Jugarse la piel debe tener recompensas. Creo que ya las tiene. Mira a tu alrededor para ver qué pasa con quienes se han jugado el pellejo, la vida. A esos, sí, hay que subirlos como mínimo el sueldo.

La sierra o la vida

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Cuando me embarranco por algo, me acuerdo de ese leñador que se presentó a trabajar en un aserradero. Entusiasmado por la oportunidad, el primer día salió al bosque y serró 18 árboles. “Te felicito. Sigue así”, le dijo el capataz. Pletórico por los logros, al segundo día quiso mejorar su marca, pero serró 15 árboles. Sorprendido, pensó que la clave estaba en el descanso: se acostó más temprano y a la mañana siguiente cortó ¡10 árboles! Y luego 7 árboles, y un día después apenas 5 y luego 2… Destruido mental y moralmente, se dirigió al capataz para decirle que lo dejaba, que sentía que le estaba decepcionando. “No sé qué me pasa, ni entiendo por qué he dejado de rendir en el trabajo”. El capataz, muy sabio, le preguntó: “¿Cuándo afilaste tu sierra por última vez?”. Y él, estupefacto: “¿Afilar? Jamás lo he hecho: no podía perder tiempo en eso, estaba muy ocupado serrando árboles”.

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Stephen Covey dice que afilar la sierra es el último hábito de la gente altamente efectiva. Vivir una vida plena depende de que afiles tu sierra: haz ejercicio, come mejor, controla el estrés, practica tu seguridad, planifica, visualiza, lee y pon en limpio tus valores, cada cierto tiempo. Empieza ya. Septiembre puede ser tu mes.