La política es la nueva religión: la necesidad que tenemos de creer en algo

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El abrazo coreografiado de Pedro Sánchez (PSOE) y Pablo Iglesias (Podemos-IU), el hundimiento inverosímil de Albert Rivera (Ciudadanos), el ascenso macho de Santiago Abascal (Vox) y la subida insuficiente de Pablo Casado (PP) lo confirman: la política es la nueva religión. Con un dios compartido: el poder. Y una intención: aprovecharse de la necesidad que tenemos los humanos de creer en algo.

La política es la nueva fe. Es un ¡Confiad en nosotros, que cambiaremos el rumbo! Es un ¡Aquí tenéis 10 puntos! Bastarían 5, o un tuit, con tal de:
-Que contenga muchas promesas, con palabras vagas, por supuesto.
-Que transpire entusiasmo, más que racionalidad o pensamiento claro.
-Y que incluya sacrificios: propios y de los demás.

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Y claro en un culto no hacen falta hechos, solo creencias. Por eso, gente que aprecio ve a Abascal e imagina niños -nuestros hijos- brazo en alto y cantando el cara al sol, cuando por edad es una imagen que mis amigos solo han visto en las películas. Y otra gente que valoro ve a Pablo Iglesias y piensa en comercios desabastecidos y todos a la ruina. En momentos de incertidumbre, triunfan las típicas exageraciones de una religión, la del poder, a la que nos sumamos dejándonos manipular. Conozco a gente a la que le dio vergüenza votar a Ciudadanos porque en las televisiones no dejaban de decir que votar naranja ya no sería para nada, que era inútil.

En fin, que estamos entregando el máximo poder a cambio del mínimo esfuerzo. Y cuanto más seguidores tengan los nuevos cultos, más posibilidad de engaño, como en las sectas. Todo por la necesidad desesperada que tenemos de creer en algo. Ni siquiera entro a valorar los 10 puntos del acuerdo PSOE-Podemos, porque la sustanciación depende de unas aritméticas no precisamente sencillas y que cambiarán la naturaleza del acuerdo por unos escaños.

Me quedo, para empezar, en la piel del acuerdo. Y el lenguaje no es inocente: hay “lucha” (contra la corrupción, contra el cambio climático), “combate” (contra la “precariedad” en la cultura), hay “blindaje” (de las pensiones), hay apelaciones a la “dignidad” (en el trabajo, en el trato a los animales, en la muerte), y un adjetivo que alimenta el entusiasmo: “decidido”, como si decir “apoyo” fuera insuficiente y hubiera que añadir “apoyo decidido”, por ejemplo (a la “España vaciada”).

Lo importante es cómo vamos a medir el efecto que el acuerdo político tendrá en cualquiera de nosotros, en nuestras ciudades, en nuestro sur de Madrid, en nuestras vidas. Os animo a hacerlo.

¡Los votantes queremos seres humanos!

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No se han enterado aún los políticos: los votantes queremos seres humanos, no políticos vestidos de políticos diciendo cosas de políticos. Hay un porcentaje que vota de forma irreflexiva, impulsiva, sin pensar, con las tripas -y las llama convicciones. Vale. Pero para los asuntos colectivos, ay, el impulso no funciona igual de bien. Ahí está el sistema cerebral que piensa, al que se conquista con sensatez y reflexión.

Dicen que en el año 2022 consumiremos más noticias falsas que verdaderas. Los que más se quejarán son esos que tienen perfiles falsos en las redes sociales con los que dan la barrila a los políticos que nos les gustan: pin, pan, pun. Deplorable. Urge responsabilidad individual, un-rumor-no-es-noticia, y responsabilidad de los medios serios, las redacciones con oficio, esos profesionales que verifican y que tienen en la cabecera de su portátil palabras como verdad, rigor, independencia.

Por culpa de los votantes irreflexivos (“me gusta, lo voto”) y los equidistantes (“todos los políticos son iguales”, pues no), muchos políticos se han olvidado de que un votante que se respeta a sí mismo necesita tiempo, atención muy focalizada (no todo importa) y algo de intensidad. Las emociones son cruciales para generar una opinión favorable hasta del candidato que hace tres semanas te parecía intragable.

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Estamos en una campaña continua. Y la victoria a medio plazo se la apuntará quien dé a más número de votantes razones para hacer lo que hacen. Me recuerda a aquel experimento mencionado por Kahnemann. El de los porqués. Las peticiones razonadas tiene mayor efecto. “¿Puedes dejarme pasar?; es que tengo mucha prisa: 94 por ciento de respuestas positivas”. “Tengo mucha prisa, ¿puedes dejarme pasar? 60 por ciento de respuestas positivas”. La clave: el “es que”, el “porque”, la razón para hacer algo. Ese porqué que los niños saben inconscientemente que influencia a los adultos. “Porque sí”, te sueltan. Venga: “Vótame, porque te voy a dar trabajo”. Mucho más influente que el típico “Te voy a dar trabajo. Vótame”. En fin…

Elecciones 10 N: mucho más azar que otra cosa

Si nos fijáramos en las infinitas cosas que no llegan a suceder, en lugar de las cuatro cosas reseñables que vemos de lo que sucede, aceptaríamos lo que está pasando en España y lo consideraríamos resultado de lo incierta que es la vida en general, y que no pasa nada por ello.

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Por ejemplo en la política. Los medios de comunicación, despistados como sapos a la hora del apareamiento, contribuyen a la “ilusión” de que entendemos lo que pasa: con cuatro cosillas nos hacen un combinado intragable que deglutimos con más desgana cada vez. Pero ¡qué vamos a entender!, si hay mucho más azar que otra cosa.

Nos encantan las historias de grandes triunfos y grandes batacazos, y con eso le damos sentido a lo que tiene mucho de suerte. Pedro Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera, Pablo Iglesias y Santiago Abascal estarían más cerca de comprender cómo han llegado ahí, si esta noche pensaran en las cosas que no les han sucedido y que podrían haberles sucedido en los últimos años.

Porque, de lo contrario, unos creerán que volver después de que te arrinconen te da una pátina de invencibilidad; otros pensarán que todo tiene que ir a peor para que a ellos les vaya mejor y por tanto a España; algunos interpretarán que el mundo no está suficientemente evolucionado aún para valorarlos como merecen; otros supondrán que estaban llamados a hacer Historia y que llegará el día; y así… Más suerte que otra cosa.

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Exageramos el poder de las aptitudes de las personas y subestimamos el papel del azar. Y lo medimos todo por los resultados a posteriori. ¿Que le fue bien a uno? Es que sabía lo que hacía. ¿Qué le fue mal? Menudos errores: sabíamos que iba a pasar. Por eso un héroe puede convertirse en villano en tres tardes, y a la viceversa. Y hay quienes se benefician de esa sensación falsa de inevitabilidad, y cobran otro bonus, y otro y otro.

Esta noche mira el debate pensando en lo que podría pasar y que no va a suceder. No te engañes y que no te engañen. Y el domingo piensa en lo que pasará con lo que votes y en lo mucho que no pasará con lo que votes. Entre lo mucho que pudo pasar y no pasó en la España reciente está incluso no tener democracia. Lo digo por si dudas entre si votar o no porque te parece que llevamos muchos procesos electorales. Res-pon-sa-bi-li-dad.

De infantas, ranas y pactos postelectorales

Releía hoy un cuento clásico con infanta bellísima y caprichosa, y rana servicial y traicionada… y se me vino a la cabeza el puzle pactista de la política nacional, las sucesivas elecciones que llevamos y la aritmética parda. Como cada uno tenemos nuestra percepción de la realidad, que cada cual ponga papel en este cuento a Pedro Sánchez, Pablo Casado, Albert Rivera, Pablo Iglesias y Santiago Abascal.

El relato mítico habla de un tiempo en que “los deseos podían todavía conducir a algo” (a ratos estamos ahí, quizás). Y de la hija pequeña de un rey tan hermosa “que hasta el sol, que había visto tantas cosas, se maravillaba cada vez que brillaba sobre su rostro”. La chica iba cada día a una fuente bajo un limonero a jugar con su pelota de oro (¿hoy sería la democracia, la concordia, la paciencia?). El azar se puso de perfil y un día la pelota se fue rodando hacia el agua y rodó y rodó. La infanta lloró sin límite hasta el punto de que una rana salió a auxiliarla. “¿Qué te pasa? Lloras tanto que hasta las piedras se compadecerían”.

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La chica le contó el episodio, y la rana se ofreció a recuperar la pelota a cambio de lo que pudiera darle. La infanta le ofreció sus perlas, sus ropas, sus joyas y hasta la corona de oro que llevaba puesta. Pero la rana prefirió que la cuidara y que la dejara ser su compañera de juegos y compartir mesa y vida con ella. “Muy bien, te prometo todo lo que quieras si me das la pelota”. Eso fue lo que dijo, pero lo que pensó fue bien distinto: “Cuánto habla esa rana tonta, vive en el agua con los de su especie y nunca podrá ser la compañera de un ser humano”.

Con la promesa fresca, la rana se sumergió y le trajo la pelota de vuelta. La infanta la cogió y salió corriendo. “Espera, espera -gritó la rana-, llévame contigo, no puedo correr como tú”. De poco le sirvió. La chica no le prestó la menor atención. Es de suponer que la rana terminaría saltando de nuevo al agua.

Y los políticos hablando de relato…

Desacuerdo reflexivo para políticos y más

¿Os imagináis que en la política nacional, autonómica y local, tan revueltas, se practicara el desacuerdo reflexivo? Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Casado, Abascal y Rivera. Es un arte.
El propósito no es convencer al otro de que llevamos razón, sino averiguar qué opinión es la correcta en cada asunto y decidir.

Dice Ray Dalio que cuando dos personas tienen opiniones opuestas, es muy probable que una de las dos se equivoque y que es bueno saber si no eres tú mismo el equivocado. ¿Os imagináis que en las conversaciones en las redes y en la vida tuviéramos el objetivo de no perdernos ninguna perspectiva importante?




Es fácil: solo exige práctica. Y empieza por cada uno de nosotros. Cómo:

1/ Enfocando la conversación de modo que quede claro que solo tratas de entender al otro.
2/ Preguntando en vez de afirmar.
3/ Dirigiendo el debate de forma sosegada, sin apasionamiento.
4/ Y animando a la otra parte a hacer lo mismo.

Convertimos todo en discusión. Y perdemos la oportunidad de aprender. Ahí empieza el error. Si no aprendes nada, es imposible cambiar de opinión. El desacuerdo reflexivo va de explorar los puntos de vista. Solo funciona si tú eres razonable y la otra parte también. Si usas el respeto, la calma, si eres afable, aunque hables de convicciones.

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No se trata de fingir. Al contrario: se trata de encontrar respuestas. Con preguntas potentes como estas:

¿Prefieres que te diga sin tapujos lo que pienso y lo que quiero saber o prefieres que me lo guarde?
¿Vamos a intentar convencernos mutuamente de que llevamos razón o vamos a escucharnos y a evaluar los puntos de vista de cada uno para llegar a la verdad?
¿Discutes conmigo o intentas entender mi visión?