Piden prisión permanente revisable para jueces insensatos

Un movimiento cívico reclama prisión permanente revisable para jueces que no emplean la sensatez en sus sentencias. La petición ha llegado a la mesa del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez. “Estamos hartos de sentencias fuera de toda lógica”, ha dicho un portavoz, que prefiere el anonimato.

“Cada semana los jueces nos sorprenden con una sentencia extravagante, ilógica, dañina”, ha explicado el representante de un movimiento secreto que se está haciendo viral. Su propuesta consiste en condenar a prisión permanente revisable a los jueces que sentencien influidos por la calle, lo que desayunan, cómo van sus relaciones personales o el último Gran Hermano.

Solo con este tipo de condicionantes se entiende que una magistrada de menores de Las Palmas de Gran Canaria haya condenado a hacer el Camino de Santiago a jóvenes infractores, para que “aprendan a luchar por una meta, saber cómo perder, cómo caer y volver a levantarse”. O ese juez de menores que condenó a quien robó en una peluquería a participar en un taller de estilismo y cortarle el pelo al propio magistrado como examen.

O ese juez que archivó la denuncia contra una mujer que denunció al rey Baltasar por lesionarle en el ojo con un caramelo. Argumentó el magistrado que habría que determinar la nacionalidad de su majestad “para aplicar las reglas de derecho internacional público”.

En Estados Unidos se han interesado por el movimiento y proponen trabajos forzados para jueces tan imaginativos como el que propuso rebajar la multa a un rapero que ponía la música a todo volumen, si lo sustituía por Beethoven. El tipo prefirió pagar la multa completa, por cierto.

Fuentes de Moncloa han dicho que se pronunciarán a lo largo de este 28 de diciembre, Día de los Santos Inocentes, una jornada en la que los deseos campan a sus anchas…

Kamikazes: ¿Prohibir más? ¿Castigar más? ¿Educar más? ¿Facilitar más?

La mayoría de los sábados y los domingos los kamikazes duermen la borrachera en su cama. Digo kamikaze porque si conduces bebido o drogado, eres un kamikaze, aunque esta vez no hayas matado a nadie. Automóvil y discoteca en la carretera, música y alcohol, seis de la mañana, sueño, euforia… forman un sumatorio peligroso. Borracho o drogado, la vuelta a casa conduciendo es, inconscientemente, una huida: “Habrá controles y me cazarán”. Y el fugitivo es irresponsable, por naturaleza. Después de la tristeza y la furia por otro inocente muerto y otro irresponsable vivo, toca la sensatez: hay un montón de preguntas para indagar y responsabilidades repartidas.

Cuántas madrugadas nos habremos cruzado con un kamikaze pero esa noche no ha matado a nadie. Sí, me refiero a personas que van habitualmente en nuestro sentido de la circulación pero que están fuera de sí, a punto de dormirse, con alcohol hasta las trancas, sin condiciones para conducir… pero al volante. “Voy bien, controlo”. La vida nos da muchas oportunidades, pero no nos damos cuenta.

La insistencia de los periodistas sin escrúpulos en los detalles lacrimógenos de la vida de las víctimas es repulsiva. ¿Si el kamikaze hubiera sido una buena persona que comete un error lo haría menos atroz? ¿Si la víctima hubiera sido un ladrón con historial delictivo sería menos víctima?

Mientras se puedan conceder licencias para discoteca en una carretera, lejos del transporte público, la gente irá mayoritariamente en coche. Paradojas: siempre hay una estación de metro, tren o bus no lo suficientemente lejos para quien es responsable o sencillamente no quiere complicaciones: “Yo espero a que abra el metro. Yo me doy un paseo hasta la estación y así me despejo”.

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Mucha gente que va a la discoteca vuelve a casa en taxi o similares. Son los responsables o los que no quieren complicaciones. “Es caro”, dirán algunos. Creo que aunque lo pusieran gratis con la entrada a la discoteca, algunos (los irresponsables) harían tonterías en el camino o al llegar al barrio. Hace años parecía descabellado que unos novios pusieran un bus para trasladar a los invitados de sitio a sitio durante la boda. Dentro de unos años, con las entradas para las discotecas habrá un descuento para la vuelta a casa en taxi o uber. Todavía tendrán que morir unas cuantas personas más, antes de que eso suceda. El sistema aprende, a fuerza de humanos que cometen errores fatales.

Controles de alcoholemia en la puerta de las discotecas. En la puerta de los aparcamientos. Hubo un tiempo intenso de stop y soplar. Funcionamos por placer y dolor: cuando el dolor de las consecuencias es más fuerte que el placer de beber en la discoteca, o dejas de beber, o dejas de conducir. Pero aunque hubiera un control en la puerta de cada bar, alguno (los irresponsables) dejaría el coche en un punto donde pudiera cogerlo luego para volver a casa. Somos cómodos y nuestro mayor deseo es hacer lo que nos da la gana. Falta responsabilidad.

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Yo lo veo hoy como padre de un hijo a punto de cumplir 20. No conduce aún. Pero cuando lo haga, le diré que si bebe y conduce, será un kamikaze, aunque nunca mate ni termine en la cárcel. Solo de esta forma, incorporándolo, lo relacionaremos automáticamente, como tantas cosas. Es verdad que mi hijo no sale hasta las seis cualquier sábado. Porque no se lo permito. Y se ha acostumbrado: ya no me lo pide. Ya sé: eso no le libra del todo: puede que justo el día que salga se cruce con un kamikaze y sea una víctima. La fatalidad es así. Pero las probabilidades se reducen.

Por cierto, ¿cuántas de las personas más iracundas y expresivas públicamente con cada caso de kamikazes beberán este fin de semana y conducirán? “Lo mío es diferente”, piensan.

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Otra posibilidad de debate: ni todas las personas responsables hace siempre cosas responsables, ni todos los irresponsables hacen todo irresponsablemente. La insistencia de los periodistas sin escrúpulos en los detalles lacrimógenos de la vida de las víctimas es repulsiva. ¿Si el kamikaze hubiera sido una buena persona que comete un error lo haría menos atroz? ¿Si la víctima hubiera sido un ladrón con historial delictivo sería menos víctima?

Prohibir, castigar, educar, facilitar. El mundo funciona por un frágil equilibrio: mi vida es mía y nadie debe quitármela, tu vida es tuya y nadie debe quitártela. Lo que pasa es que mi vida me importa más que la del otro. Quizás a ti también te pasa.